- La velocidad contratada se refiere a un máximo teórico que solo se garantiza por cable y en condiciones ideales, nunca por WiFi.
- Router, cableado, tipo de conexión, saturación, dispositivos y hasta el clima pueden reducir notablemente la velocidad real.
- Medir bien la conexión por cable, revisar la red interna y optimizar el WiFi permite saber si el problema es tuyo o del operador.
- Actualizar equipos, mejorar la ubicación del router y, si es necesario, reclamar o cambiar de compañía ayuda a acercarse a la velocidad prometida.
Seguro que más de una vez has pensado que tu WiFi va a pedales y que no te llega la velocidad de Internet contratada. Abres un test de velocidad, miras el resultado y ves que ni de lejos se parece a esos 300, 600 Mb o 1 Gb que pone en tu tarifa. Y claro, la primera reacción suele ser pensar que la operadora te está tomando el pelo.
La realidad es bastante más compleja: hay motivos perfectamente técnicos por los que la velocidad real nunca coincide al 100 % con la velocidad comercial, y además entran en juego un montón de factores dentro de tu propia casa: tipo de conexión, router, WiFi, cables, dispositivos, e incluso el clima o la hora del día. Entender todo esto es clave para saber cuándo el problema es tuyo, cuándo es del equipo y cuándo realmente es culpa del operador.
Qué significa de verdad la velocidad de Internet que contratas
Cuando ves anuncios del tipo “fibra de hasta 600 Mb”, esa palabra “hasta” es la trampa legal y técnica. Lo que se está prometiendo es una velocidad máxima teórica en condiciones óptimas, casi de laboratorio: conexión directa por cable Ethernet, buen router, equipo moderno y línea funcionando sin saturación.
En muchos casos, las operadoras solo se comprometen a esa cifra si usas cable Ethernet conectado directamente al router. En la letra pequeña suelen aclarar que por WiFi no se garantiza la velocidad, porque es una red local doméstica con sus propias limitaciones físicas y de interferencias.
Además, distintos estudios de organismos reguladores señalan que, en el mundo real, los usuarios suelen recibir entre un 80 % y un 90 % de la velocidad anunciada en el mejor de los casos. Si la infraestructura de la zona es antigua o hay saturación, ese porcentaje baja todavía más.
Conviene tener claro que los famosos “600 megas” no significa que todos los equipos de casa vayan a navegar a 600 Mb a la vez, sino que esa es la capacidad máxima de la línea que llega al router. A partir de ahí, todo lo que pase dentro de tu red (WiFi, PLC, repetidores, tarjetas antiguas…) ya es otra película.
Tipo de conexión: fibra, cobre, satélite y sus límites
La velocidad que experimentas en tu día a día depende en gran medida de la tecnología que utiliza tu conexión a Internet. No es lo mismo tener fibra hasta casa que depender de cobre o de un enlace satelital.
La fibra óptica es, hoy por hoy, la opción más estable y rápida. Transmite la información mediante pulsos de luz, lo que hace que la latencia sea muy baja y la velocidad muy consistente, incluso en horas punta. Además, es menos sensible a interferencias externas como las condiciones meteorológicas.
Las conexiones por cable coaxial o DSL (ADSL y VDSL) utilizan cobre y, en muchos despliegues, comparten ancho de banda entre varios usuarios de la zona. Eso significa que, cuando tus vecinos se conectan en masa por la tarde-noche, la velocidad efectiva que recibes puede caer de forma notable.
Las conexiones por satélite y algunas soluciones radio (4G, 5G fijo) permiten llevar Internet a zonas donde no llega la fibra, pero su mayor problema es la latencia alta y las fluctuaciones por condiciones atmosféricas. En pruebas de velocidad pueden dar buenos megas, pero en juegos online, videollamadas o streaming exigente se notan más las limitaciones.
La infraestructura de red y el papel del operador
Más allá del tipo de acceso, influye todo lo que hay entre tu casa y los equipos del operador: calidad del cableado, repartidores, nodos, saturación de enlaces troncales… Si la red de tu zona está muy exprimida, tu conexión puede verse afectada incluso aunque tu instalación interior sea perfecta.
Además, algunos proveedores aplican políticas de gestión de tráfico (QoS o “traffic shaping”). Eso significa que dan prioridad a ciertos tipos de tráfico y frenan otros, por ejemplo, las descargas P2P o un uso muy intensivo de datos, especialmente en tarifas que publicitan como “ilimitadas”. No siempre se hace de forma deliberadamente abusiva: a veces se justifica por seguridad o para evitar que unos pocos usuarios colapsen la red.
También puede haber problemas puntuales en el lado del operador: averías en equipos intermedios, mala configuración de un switch, errores en la provisión de tu perfil de velocidad, etc. En esos casos, ni cambiando el router ni moviendo el WiFi arreglarás nada, porque el cuello de botella está fuera de tu casa.
Por último, en conexiones internacionales o a servidores muy lejanos, entra en juego todo el enrutamiento intermedio. Puedes tener una buena fibra y aun así notar descargas lentas desde un servidor concreto porque el problema está en la ruta entre tu operadora y ese destino, no en tu línea local.
Diferencia entre velocidad por cable y por WiFi
Un punto crítico que mucha gente pasa por alto es que la velocidad contratada solo se puede garantizar por cable Ethernet. El WiFi siempre añade pérdidas y variabilidad. Por eso, los tests de velocidad serios se hacen con un ordenador conectado directamente al router mediante un cable de red adecuado.
El WiFi funciona con ondas de radio, compartiendo espectro con otras redes y dispositivos. Esto implica que la señal se atenúa con la distancia y se degrada al atravesar paredes, suelos y muebles. No es lo mismo estar en la habitación del router que dos plantas más arriba tras varios muros de hormigón.
Además, cuanto más lejos estás y peor es la calidad de la señal, más baja es la velocidad efectiva. Hay un punto a partir del cual pequeños cambios de distancia provocan caídas enormes de rendimiento: por eso, una habitación puede ir bien y la contigua ser un agujero negro.
El WiFi sufre también interferencias constantes de redes vecinas, dispositivos Bluetooth, teléfonos inalámbricos, cámaras, sensores y electrodomésticos. Toda esa competencia en el aire provoca microcortes y bajadas de velocidad muy difíciles de percibir a simple vista, pero que el test de velocidad deja en evidencia.
Por si fuera poco, el WiFi no es un canal full dúplex real como un cable: funciona por turnos. Cada dispositivo espera su tiempo para “hablar”. Cuantos más equipos conectados tengas, más se estira ese turno y menos velocidad toca a cada uno, incluso aunque apenas estén haciendo nada.
El router: estándar WiFi, hardware y ubicación
El router es el corazón de tu red doméstica y es habitual que sea uno de los grandes culpables de que la velocidad que llega al dispositivo sea muy inferior a la contratada. No todos los routers son iguales ni todos soportan los mismos estándares.
Los modelos antiguos que solo ofrecen WiFi 4 (802.11n) en 2,4 GHz suelen quedarse en torno a 60-80 Mb reales en buenas condiciones. Si tienes contratados 300 o 600 Mb, es imposible que veas esas cifras por WiFi en un router de este tipo.
Con WiFi 5 (802.11ac) y sobre todo con WiFi 6 (802.11ax) en la banda de 5 GHz, sí se pueden conseguir varios cientos de megas e incluso superar el gigabit cerca del router, siempre que tanto éste como el dispositivo cliente sean de buena calidad.
A esto se suma el hardware interno: muchos routers que entregan las operadoras tienen procesadores modestos, poca RAM y firmwares muy básicos. Pueden funcionar bien para un uso sencillo, pero cuando hay muchos dispositivos, tráfico intenso o funciones avanzadas, se saturan y la red se arrastra.
La ubicación también es crucial. Un router escondido en un mueble, pegado a la cocina o detrás de la tele es sinónimo de problemas. Lo ideal es colocarlo en una zona lo más centrada posible de la vivienda, en altura y alejado de grandes electrodomésticos o paredes muy gruesas.
Bandas y canales WiFi: 2,4 GHz vs 5 GHz y saturación
La mayoría de routers modernos emiten en dos bandas: 2,4 GHz y 5 GHz. Cada una tiene sus ventajas e inconvenientes y elegir mal puede hacer que pierdas una buena parte de tu velocidad.
La banda de 2,4 GHz tiene más alcance y atraviesa mejor las paredes, pero está extremadamente saturada. Es la que usan muchos dispositivos baratos y viejos, desde bombillas inteligentes hasta cámaras IP. Eso hace que, aunque llegues lejos, la velocidad máxima disponible sea bastante menor.
La banda de 5 GHz, en cambio, ofrece canales más amplios, menos interferencias y velocidades mucho más altas. El problema es que la señal se degrada antes con la distancia y los obstáculos. Cerca del router es donde realmente se nota su potencial.
Otro factor es el canal concreto por el que emite el WiFi. En edificios con muchos vecinos, es muy frecuente que la mayoría de routers estén usando los mismos canales, creando auténticos embudos de tráfico en el aire. Cambiar de canal, o dejar que el router escoja automáticamente el menos saturado, puede mejorar bastante la situación.
Muchos dispositivos modernos incorporan “band steering” o funciones tipo Smart Connect que mueven automáticamente a cada equipo a la banda que más le conviene. Aun así, conviene comprobar que tu móvil, portátil o consola está realmente conectado a la red de 5 GHz cuando te interesa velocidad máxima.
Cables, tarjetas de red y otros cuellos de botella de hardware
No solo el WiFi limita: también hay muchos casos en los que el problema está en el propio cable o en la tarjeta de red del dispositivo. Es bastante habitual, por ejemplo, intentar aprovechar 600 Mb con un cable viejo o con un puerto Fast Ethernet.
Si el cable de red que usas es de categoría baja o solo tiene 4 hilos en lugar de 8, se quedará en 100 Mb como máximo, aunque la fibra sea de 1 Gb. Para sacar partido a conexiones rápidas necesitas al menos cables Cat 5e completos, y mejor aún Cat 6 o Cat 6A si aspiras a velocidades de gigabit o superiores.
Lo mismo pasa con la tarjeta de red del ordenador: si solo soporta Fast Ethernet (100 Mb), nunca vas a superar los 95 Mb aproximados en un test, por mucha fibra que tengas. Hay que asegurarse de que la interfaz de red es Gigabit (1 Gbps) y de que está configurada en “Dúplex completo a 1 Gbps”.
También influyen los controladores (drivers). Tras ciertas actualizaciones de Windows u otros sistemas, los drivers de red pueden quedar anticuados o dar conflictos, provocando cortes, picos de latencia o velocidades muy bajas. Mantenerlos al día desde la web del fabricante suele resolver muchos misterios.
En el caso de portátiles y PCs, si la tarjeta WiFi es muy antigua o solo soporta estándares lentos, compensa cambiarla por un adaptador WiFi USB o PCIe más moderno (por ejemplo, con WiFi 5 o WiFi 6). En móviles, tablets o televisores con WiFi integrado no puedes sustituir la tarjeta: si se queda corta, la única solución pasa por renovar el dispositivo.
Por último, el propio hardware general del equipo también cuenta: procesadores muy básicos, poca RAM o discos duros lentos pueden hacer que la prueba de velocidad no refleje el máximo real porque el dispositivo no es capaz de gestionar el flujo de datos tan rápido.
Múltiples dispositivos, repetidores y sistemas Mesh
En una casa típica ya no hay solo un ordenador y un móvil: hay decenas de dispositivos conectados a la vez (televisión, tablets, consolas, relojes, domótica, cámaras, altavoces inteligentes…). Cada uno se lleva su pequeña parte del pastel.
Aunque estén “en reposo”, todos esos aparatos generan tráfico de fondo: actualizaciones, copias en la nube, notificaciones, sincronizaciones… Esto hace que la red inalámbrica se llene de pequeños paquetes de datos que consumen tiempo de aire y reducen la velocidad disponible para el dispositivo que estás usando.
Los dispositivos con peor señal (lejanos, con una sola antena, muy antiguos) también perjudican a los rápidos porque obligan al router a bajar la velocidad de transmisión para mantener la compatibilidad. Algunas funciones como “Airtime Fairness” ayudan a repartir mejor el tiempo de aire y que los más lentos no lastren al resto.
Respecto a los repetidores WiFi, hay que saber qué se compra. Los modelos más sencillos amplían la cobertura, pero reducen la velocidad efectiva aproximadamente a la mitad en cada salto, porque usan la misma banda para recibir y reenviar datos. Los repetidores de doble o triple banda, o los sistemas WiFi Mesh con banda dedicada de retorno, minimizan este problema.
También es posible que el equipamiento adicional (PLC, puntos de acceso baratos, routers viejos reutilizados) se convierta en el cuello de botella si no soporta las mismas velocidades o estándares que la conexión principal. Al final, toda la red es tan rápida como su eslabón más débil.
Malware, configuración de red y otros factores de software
No todo es hardware. El software también puede jugar en tu contra y hacer que la velocidad percibida sea mucho menor de la esperada. Uno de los grandes sospechosos es el malware.
Si tu equipo está infectado con un virus, troyano o bot que se dedica a enviar spam, participar en ataques o minar criptomonedas, gran parte del ancho de banda puede estar siendo consumido por ese tráfico oculto. Desde tu punto de vista, parece que “Internet va lento”, pero en realidad el culpable es el software malicioso.
También puede ocurrir que tengas programas legítimos acaparando la conexión sin que seas muy consciente: clientes P2P, copias de seguridad en la nube, sincronización de fotos y vídeos, actualizaciones automáticas de sistemas y videojuegos de muchos gigas, etc.
En cuanto a la configuración de red del propio sistema operativo, en las opciones avanzadas de Internet, ajustes de proxy, DNS o cachés corruptas pueden provocar anomalías. A veces se arregla simplemente restableciendo la pila de red con unos cuantos comandos (ipconfig, netsh, etc.), cambiando los DNS por unos más fiables o desactivando un proxy que se quedó configurado por error.
Por eso, además de revisar routers y cables, conviene pasar un buen antivirus, un antimalware y revisar qué programas están usando la red en segundo plano. Muchas “velocidades bajas” tienen su origen en un solo equipo descontrolado.
Influencia de la hora del día, la congestión y el clima
Otro patrón clásico es notar que la conexión se arrastra a determinadas horas, normalmente por la tarde-noche. Entre las 19:00 y las 23:00 todo el mundo llega a casa, enciende la tele, las consolas y los móviles, y la red del barrio se llena.
En tecnologías compartidas (coaxial, ciertas fibras, radio, satélite) esto se traduce en caídas de velocidad notables durante las horas pico. En días de grandes eventos deportivos, conciertos o fiestas, la cosa puede empeorar bastante.
Incluso tu propia red interna se congestiona más en esas franjas: si tienes varios miembros de la familia viendo streaming en 4K, jugando online y descargando grandes archivos a la vez, es normal que la velocidad disponible para cada dispositivo se reduzca.
El tiempo atmosférico también puede influir, sobre todo en conexiones antiguas de cobre, radio o satélite. Lluvia intensa, tormentas, viento fuerte o nieve pueden causar interferencias, microcortes o incluso daños físicos en el cableado, afectando a la estabilidad y a la velocidad.
En redes de fibra pura, el efecto del clima es mucho menor, pero no desaparece del todo: tormentas con cortes eléctricos o incidencias en antenas de móvil cercanas pueden repercutir en tu conexión si dependes de redes móviles o de tramos de cobre todavía existentes.
Cómo medir correctamente la velocidad real de tu conexión
Antes de lanzarte a cambiar el router o llamar indignado a tu operadora, lo primero es medir bien la velocidad real de tu línea. Un test mal hecho puede llevarte a conclusiones equivocadas.
Para una medición seria, conecta un ordenador lo más moderno posible por cable Ethernet directamente al router. Desconecta o apaga el resto de dispositivos de la red para evitar tráfico paralelo que distorsione la prueba.
Asegúrate de usar un cable de categoría adecuada (Cat 5e o superior) y de que la tarjeta de red del equipo es Gigabit. Una vez comprobado esto, realiza varios tests de velocidad en diferentes momentos del día, preferiblemente usando el medidor oficial de tu operadora o servicios fiables como Speedtest o Fast.
Si por cable obtienes valores similares a la velocidad contratada (o al menos dentro del rango razonable), sabrás que tu línea y el operador están funcionando correctamente y que el problema está en el WiFi o en algún equipo concreto.
Si por cable también obtienes cifras muy por debajo, tiene sentido comprobar el contrato, revisar posibles incidencias en tu zona y contactar con el servicio técnico para que revisen la línea. En esos casos, ajustar el WiFi no va a solucionar el fondo del asunto.
Qué hacer para acercarte al máximo a la velocidad contratada
Una vez entendido todo lo anterior, hay muchas acciones prácticas para mejorar la velocidad que llega a tus dispositivos y reducir la diferencia con la velocidad teórica.
Por un lado, conviene modernizar el router si es muy antiguo o limitado, ya sea pidiendo un cambio a tu operadora o comprando un router neutro de calidad (sobre todo si tienes muchos dispositivos o trabajas desde casa). Un buen router con WiFi 5 o WiFi 6, procesador decente y firmware actualizado marca una diferencia enorme.
También resulta clave revisar y renovar el cableado: usar cables Ethernet certificados (Cat 5e, Cat 6 o superiores), sin cortes ni pelados, y asegurarte de que tanto la ONT como el router y el PC se comunican a 1 Gbps o más, no a 100 Mb por culpa de un cable malo.
A nivel WiFi, coloca el router en una posición central, elevada y alejada de interferencias, conecta los dispositivos que más ancho de banda necesiten a la banda de 5 GHz y reserva la de 2,4 GHz para aparatos menos exigentes. En viviendas grandes o con muchas paredes, plantéate instalar un sistema Mesh de calidad en lugar de llenar la casa de repetidores básicos.
No te olvides del software: mantén actualizado el firmware del router, el sistema operativo, los drivers de red y las aplicaciones. Revisa periódicamente tu red en busca de dispositivos desconocidos (vecinos aprovechados, por ejemplo) y utiliza contraseñas WiFi seguras con cifrado WPA2 o WPA3.
En último término, si tras todas estas comprobaciones sigues sin acercarte mínimamente a la velocidad contratada por cable, es el momento de hablar con tu operadora, abrir incidencia e incluso plantearte un cambio de proveedor si persiste el incumplimiento. Tener claro dónde acaba tu responsabilidad y dónde empieza la suya te ahorrará muchas vueltas.
Entender todos estos factores, desde el tipo de conexión hasta el router, el WiFi, el hardware de tus dispositivos y las condiciones externas, te permite saber por qué no llega la velocidad de Internet contratada, qué puedes mejorar tú en casa y en qué punto toca exigir a tu operador que realmente te entregue lo que estás pagando.
Redactor apasionado del mundo de los bytes y la tecnología en general. Me encanta compartir mis conocimientos a través de la escritura, y eso es lo que haré en este blog, mostrarte todo lo más interesante sobre gadgets, software, hardware, tendencias tecnológicas, y más. Mi objetivo es ayudarte a navegar por el mundo digital de forma sencilla y entretenida.
