Qué mejora realmente el Modo Juego de Windows en tu PC

Última actualización: 28/01/2026
Autor: Isaac
  • El Modo Juego prioriza recursos del sistema y reduce procesos en segundo plano para mejorar la estabilidad y, en algunos casos, los FPS de los juegos.
  • En Windows 11 se integra con Auto-HDR y optimizaciones para juegos en ventana, junto con la selección de GPU de alto rendimiento por aplicación.
  • Su impacto es mayor en equipos modestos con muchos procesos activos, mientras que en PCs potentes la diferencia suele ser mínima.
  • Combinado con ajustes de energía, controladores actualizados y buen hardware (GPU, RAM y SSD), ayuda a exprimir mejor el rendimiento en juegos.

modo juego windows

Si alguna vez te has preguntado si activar el Modo Juego de Windows y marcar un título como «Alto rendimiento» en lugar de dejar que «Windows decida» sirve de algo… no eres el único. Hay opiniones para todos los gustos: desde quien asegura que le da unos cuantos FPS extra y más estabilidad, hasta quien dice que es puro marketing y que no nota absolutamente nada.

En este artículo vamos a desgranar con calma qué hace realmente esta función, qué mejora el Modo Juego de Windows en Windows 10 y Windows 11, cómo se relaciona con la configuración de gráficos de alto rendimiento, cuándo merece la pena usarlo, en qué equipos apenas se nota y qué otros ajustes del sistema sí te pueden dar un empujón real en rendimiento para juegos y aplicaciones exigentes.

Qué es el Modo Juego de Windows y para qué sirve

El llamado Modo Juego de Windows es una característica nativa que Microsoft introdujo por primera vez en 2017 con Windows 10 (Creators Update) y que se ha mantenido y pulido en Windows 11. Su filosofía es sencilla: cuando el sistema detecta que estás ejecutando un juego, prioriza ese proceso por encima del resto para que el hardware se dedique casi en exclusiva a él.

En la práctica, este modo intenta que tu PC se comporte como una especie de «mini consola» cuando juegas, moviendo a un segundo plano procesos y servicios que no son esenciales. La idea es que la CPU, la GPU, la memoria RAM y el disco trabajen principalmente para el juego o la aplicación 3D que tengas abierta y no tanto para tareas de fondo que, mientras juegas, te dan bastante igual.

Es importante aclarar que el Modo Juego no inventa recursos que tu PC no tiene. No va a convertir una gráfica vieja en una tarjeta de gama alta, ni va a permitir que ejecutes juegos que superan claramente las especificaciones de tu equipo. Lo que hace es repartir mejor lo que ya tienes para que la experiencia sea algo más fluida, sobre todo en ordenadores justitos.

Otro detalle clave es que el Modo Juego se activa de forma automática cuando Windows reconoce que lo que se está ejecutando es un juego. No necesitas ir conmutando manualmente antes y después de cada sesión: basta con tener la opción habilitada en la configuración del sistema y se encargará solo de intervenir cuando toca.

Originalmente, Microsoft permitía activar el Modo Juego también desde la barra de juegos (Game Bar), pero en las versiones actuales de Windows 10 y Windows 11 la única forma oficial de gestionarlo es desde Configuración, dentro del apartado de Juegos.

Qué mejora exactamente el Modo Juego de Windows

Cuando activas el Modo Juego en Windows 10 o Windows 11 y ejecutas un juego compatible, el sistema realiza una serie de cambios en segundo plano orientados a reducir distracciones y liberar recursos. No son milagros, pero sí pequeñas optimizaciones que, en conjunto, pueden marcar la diferencia en equipos modestos.

En primer lugar, el Modo Juego limita o pausa la actividad de Windows Update mientras juegas. Esto significa que evita, en la medida de lo posible, que se realicen instalaciones de actualizaciones en el disco duro en plena partida o que aparezcan notificaciones molestas para reiniciar el sistema en el peor momento.

En segundo lugar, esta función reduce la carga de procesos en segundo plano. Muchas aplicaciones y servicios que se ejecutan continuamente (sin que los notes) ven recortada su prioridad o directamente se frenan cuando el sistema detecta que estás jugando, lo que libera CPU, RAM y operaciones de disco para el juego.

Como consecuencia directa de esas medidas, en muchos títulos se consigue una ligera mejora de la velocidad de fotogramas (FPS) y, sobre todo, una mayor estabilidad de esos FPS. No esperes saltos espectaculares de rendimiento, pero sí es posible suavizar tirones puntuales y reducir el stuttering que se producen cuando el sistema se pone a hacer otra cosa mientras juegas.

En Windows 11, el Modo Juego añade además integración con características más modernas como el HDR automático (Auto-HDR) para pantallas compatibles, que mejora el aspecto visual de los juegos con mejor rango dinámico sin necesidad de que el propio título esté programado específicamente para HDR.

Relación entre Modo Juego, Auto-HDR y optimizaciones en ventana

En las versiones más recientes de Windows, el Modo Juego no está solo: viene acompañado de otras tecnologías pensadas para exprimir el rendimiento y la calidad visual, especialmente en juegos de DirectX 10 y DirectX 11 que se ejecutan en ventana o en ventana sin bordes.

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Una de estas mejoras es la llamada optimización de juegos en ventanas. Lo que hace es cambiar el modelo de presentación de estos juegos, pasando del viejo sistema de «blt» a un modelo de «flip» más moderno, siempre que el propio juego sea compatible. Este cambio reduce la latencia de los fotogramas y abre la puerta a utilizar funciones como el HDR automático o la frecuencia de actualización variable (VRR) en monitores que lo soportan.

Estas optimizaciones se pueden activar de forma global desde Configuración > Sistema > Pantalla > Gráficos > Cambiar la configuración de gráficos predeterminada, donde encontrarás el interruptor de «Optimizaciones para juegos en ventanas». Desde ahí decides si quieres que se apliquen a todos los juegos que puedan aprovecharlas.

Además, a nivel individual, puedes ajustar la configuración gráfica de cada juego y desactivar selectivamente estas optimizaciones o el Auto-HDR para títulos concretos. Esto se hace entrando en Configuración > Sistema > Pantalla > Gráficos, eligiendo la aplicación de la lista, pulsando en «Opciones» y marcando, si lo necesitas, las casillas de «No usar optimizaciones para juegos en ventanas» o «No usar Auto HDR».

En ese mismo cuadro también puedes definir si para ese juego quieres que Windows use el modo «Permitir que Windows decida», «Ahorro de energía» o «Alto rendimiento», lo que enlaza directamente con la gestión de la GPU que veremos más adelante.

¿El Modo Juego sirve solo para videojuegos?

Por diseño, el Modo Juego de Windows está enfocado a títulos que el sistema reconoce como tales, es decir, ejecutables que Windows identifica como juegos o aplicaciones que se lanzan desde plataformas como Steam, Xbox o similares. En principio, Microsoft lo creó con la mente puesta en videojuegos, no en software profesional.

Sin embargo, a nivel práctico, hay un truco interesante: puedes conseguir que Windows trate ciertas aplicaciones exigentes como si fueran juegos. Algunas utilidades, a través de la barra de juegos o de configuraciones concretas, permiten indicarle al sistema que «recuerde que esto es un juego», aunque en realidad sea, por ejemplo, un editor de vídeo, un programa de renderizado 3D o una herramienta de diseño pesado.

Cuando haces esto, esa aplicación pasa a recibir el mismo trato preferente que un juego: más prioridad de CPU, menos procesos de fondo estorbando y ciertas notificaciones silenciadas. Dependiendo de la carga de trabajo y del hardware, puedes notar algo de mejora de fluidez en esos programas, aunque de nuevo no hay garantías de subidones espectaculares.

También es posible que con algunas aplicaciones no notes ninguna diferencia o que incluso te interese desactivar su tratamiento como juego, si ves algún comportamiento extraño. En ese caso, basta con revertir el ajuste y desmarcar la opción de que Windows recuerde que esa app es un juego, volviendo a su funcionamiento normal.

En cualquier caso, el plan original de Microsoft era ayudar sobre todo a equipos con especificaciones ajustadas a mover juegos con algo más de estabilidad. En máquinas potentes, con mucha RAM y una buena combinación CPU+GPU, el impacto real del Modo Juego suele ser bastante discreto.

¿De verdad merece la pena activar el Modo Juego?

La respuesta corta es que, hoy por hoy, el Modo Juego no suele hacer daño y puede ayudar algo, especialmente si tu PC no va sobrado de recursos o sueles tener muchas cosas abiertas a la vez mientras juegas. Por tanto, en la mayoría de los casos compensa dejarlo activado y olvidarte.

Microsoft lo diseñó pensando en ordenadores que iban justos frente a los requisitos de los juegos actuales, de forma que pudieran ganar algo de fluidez reduciendo la carga de procesos secundarios. En ese escenario, puedes rascar algún FPS adicional o, sobre todo, menos tirones cuando el sistema decide hacer otra cosa mientras tú estás en plena partida.

En cambio, si juegas en un PC de gama media-alta o alta, con suficiente memoria, buena CPU y gráfica dedicada decente, lo más habitual es que no notes cambios claros con el Modo Juego activado o desactivado. Algunos usuarios incluso comentan que han hecho pruebas y no han encontrado ni ventajas ni inconvenientes apreciables.

La recomendación práctica es sencilla: activa el Modo Juego en Configuración > Juegos > Modo de juego y haz pruebas con tus títulos habituales. Si ves que te va igual de bien o mejor, déjalo tal cual. Si notas comportamientos raros en algún juego concreto, siempre puedes probar a desactivarlo temporalmente para ese caso y comparar.

Ten en mente también que no sustituye a un hardware decente. Si tu gráfica se ha quedado anticuada o tu CPU va ahogada, el Modo Juego no va a obrar milagros: la verdadera mejora de rendimiento viene de actualizar componentes, y las optimizaciones de software son solo un complemento.

Cómo activar el Modo Juego en Windows 10 y Windows 11

En Windows 10 y Windows 11, puedes abrir la Configuración con el atajo de teclado Win + I o buscando «Configuración» desde el menú Inicio. Una vez dentro, verás en la columna izquierda (o en los iconos principales, según versión) un apartado llamado «Juegos» donde se agrupan todas las opciones relacionadas con la experiencia de juego.

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Dentro de «Juegos», encontrarás el subapartado «Modo de juego» o «Modo Juego». Al entrar ahí, verás un interruptor para activar o desactivar esta función. Con ese interruptor en «Activado», Windows pondrá en marcha las optimizaciones cada vez que detecte un juego sin que tú tengas que hacer nada más.

Si en algún momento quieres comprobar si te viene bien tenerlo encendido o no, puedes repetir el proceso y desactivar temporalmente la opción, probar un par de juegos y ver si notas alguna variación en estabilidad, notificaciones molestas o microtirones.

Recuerda que, aunque el Modo Juego esté activo globalmente, no todos los juegos reaccionan igual. Hay títulos mejor optimizados que otros, motores gráficos más sensibles a las variaciones de procesos y equipos donde la carga de fondo es más crítica. Por eso merece la pena dedicarle unos minutos a probarlo con tus juegos principales.

Configurar «Alto rendimiento» en la GPU para un juego

Más allá del Modo Juego general, Windows incluye una opción muy útil para los equipos que tienen dos tarjetas gráficas: una integrada en el procesador (iGPU) y otra dedicada (GPU discreta). En estos casos, el sistema puede decidir por sí mismo qué GPU usar con cada aplicación, pero tienes la posibilidad de forzar el comportamiento.

En Windows 11, si vas a Configuración > Sistema > Pantalla > Gráficos, verás un listado de aplicaciones y juegos, junto con la sección de «Configuración personalizada para aplicaciones». Desde ahí, puedes seleccionar un juego, pulsar en «Opciones» y elegir manualmente si quieres que funcione en «Ahorro de energía» o en «Alto rendimiento».

La elección de «Alto rendimiento» suele indicar a Windows que use la GPU dedicada, que en la mayoría de los casos es mucho más potente para juegos que la integrada. Esto es especialmente importante en portátiles, que muchas veces intentan ahorrar batería ejecutando juegos ligeros con la gráfica integrada a menos que el usuario fuerce lo contrario.

En ese mismo apartado de Gráficos es frecuente encontrar la opción de «Programación de GPU acelerada por hardware». Activarla puede reducir un poco la latencia y mejorar el rendimiento en algunos juegos, aunque, como siempre, conviene probar, porque no todos los equipos responden igual.

Asociar cada juego a la GPU adecuada y al perfil de alto rendimiento suele dar más impacto real en FPS que el propio Modo Juego en sí, sobre todo cuando el sistema, por defecto, no acierta a seleccionar la gráfica más potente para determinados títulos o lanzadores.

Otros ajustes de Windows para mejorar el rendimiento en juegos

Aunque el Modo Juego es una herramienta útil, no es la única forma de sacar más jugo al rendimiento de tu PC con Windows 10 u 11. Hay una serie de ajustes extra que puedes tocar en el sistema operativo para aliviar carga y ganar fluidez de manera gratuita y bastante sencilla.

Uno de los más eficaces es limitar los programas que se ejecutan en segundo plano al arrancar. Muchos equipos cargan decenas de aplicaciones al inicio (clientes de mensajería, utilidades de fabricantes, sincronizadores en la nube, etc.) que van chupando recursos mientras tú intentas jugar. Deshabilitando lo que no necesitas, liberas RAM, CPU y acceso a disco.

Otra medida clásica es ajustar los efectos visuales de Windows. Desde el Panel de control, entrando en las opciones avanzadas del sistema y en «Opciones de rendimiento», puedes seleccionar «Ajustar para obtener el mejor rendimiento», lo que desactiva animaciones y transparencias que, aunque vistosas, consumen recursos que podrían ir al juego.

Si te parece un cambio demasiado brusco, siempre puedes dejar algunos efectos activados de forma manual, pero la idea es que la interfaz de Windows deje de ser tan «pesada» y no se lleve ciclos de CPU innecesarios mientras un juego exige el máximo.

También es muy recomendable revisar y desactivar superposiciones (overlays) de distintas aplicaciones: la barra de juegos de Xbox, overlays de plataformas como Discord, capas de monitorización de rendimiento o filtros de software de tarjetas gráficas. Todas estas capas se colocan por encima de la imagen del juego y necesitan recursos adicionales, pudiendo causar bajones o bugs.

Plan de energía y ajustes avanzados del sistema

Otro factor que influye directamente en el rendimiento de los juegos es el plan de energía que esté usando Windows. Por defecto, tanto en portátiles como en sobremesa suele activarse el plan «Equilibrado», que está bien para ofimática y uso general, pero a veces limita a la CPU y a otros componentes para ahorrar energía.

Si vas al Panel de control > Opciones de energía, puedes elegir el plan de «Alto rendimiento». Este plan reduce las restricciones energéticas y permite que el procesador y el resto de componentes mantengan frecuencias más altas durante más tiempo, algo que los juegos suelen agradecer.

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En algunos equipos, especialmente portátiles modernos, también puedes encontrar planes específicos del fabricante o de Windows como «Máximo rendimiento» o perfiles de juego en las utilidades de la marca, que van en la misma línea: priorizar la potencia por encima del ahorro, a costa de un mayor consumo y algo más de temperatura y ruido.

Además, hay funciones de seguridad y virtualización como la integridad de memoria o la plataforma de máquina virtual (VMP) que pueden añadir cierta carga al sistema. En entornos puramente lúdicos, algunos usuarios optan por desactivar temporalmente estas opciones para arañar algunos FPS, aunque hay que valorar el equilibrio entre rendimiento y seguridad.

Deshabilitar la integridad de memoria en Windows 11 se hace desde Configuración > Privacidad y seguridad > Seguridad de Windows > Detalles de aislamiento del núcleo, apagando el interruptor correspondiente. Para la plataforma de máquina virtual, se puede acudir a «Características de Windows» y desmarcar esa casilla. Siempre es aconsejable saber bien qué se está tocando antes de hacerlo.

Controladores, DirectX y otras mejoras de Microsoft para juegos

Más allá del Modo Juego, Microsoft lleva tiempo mejorando el ecosistema de videojuegos en Windows mediante tecnologías como DirectX 12, la integración con Xbox y herramientas de grabación y retransmisión como Game DVR.

DirectX 12, presente en Windows 10 y 11, permite a las tarjetas gráficas modernas exprimir mejor el hardware, con un control más fino sobre los recursos y, en muchos casos, mejores velocidades de fotogramas que en versiones anteriores de Windows. Además, Windows se encarga de actualizar automáticamente muchos de los componentes relacionados con DirectX.

Microsoft también ha ido introduciendo funciones como el HDR automático, la frecuencia de actualización variable integrada y optimizaciones de presentación de fotogramas, todas ellas pensadas para que los juegos se vean y funcionen mejor siempre que el hardware lo permita.

Sin embargo, por mucha tecnología que integre el sistema, nada de esto sirve si no mantienes al día los controladores de tu tarjeta gráfica. NVIDIA, AMD e Intel lanzan drivers nuevos con mucha frecuencia, especialmente cuando aparecen juegos importantes, y esas versiones suelen traer mejoras específicas de rendimiento y corrección de errores.

Actualizar los drivers de la GPU, del chipset de la placa base y, en algunos casos, el firmware del procesador o la BIOS, es casi obligatorio si quieres que tu equipo rinda lo que debe, tanto en juegos como en aplicaciones exigentes.

Hardware: donde está la verdadera ganancia de rendimiento

Por mucho que exprimamos el Modo Juego y el resto de ajustes de Windows, el punto clave para mejorar rendimiento en juegos sigue siendo invertir en hardware potente y equilibrado. El sistema operativo puede ayudar, pero no sustituye a una buena base.

El componente que más manda en el rendimiento en juegos de PC suele ser la tarjeta gráfica dedicada. Es donde conviene poner buena parte del presupuesto si tu objetivo principal es jugar. Una GPU anticuada puede convertirse rápidamente en cuello de botella, incluso aunque tengas mucha RAM y un procesador decente.

La memoria RAM también es fundamental. Muchos juegos actuales se benefician de tener, como mínimo, una cantidad razonable de RAM y, en algunos casos, de que esta sea rápida. Actualizar y ampliar la memoria del sistema puede ser una de las mejores inversiones calidad/precio si sueles mover títulos pesados y multitarea.

En almacenamiento, dar el salto de un disco duro mecánico a una unidad SSD (ya sea SATA o, mejor aún, NVMe) transforma la experiencia de uso general y reduce de forma muy notable los tiempos de carga de juegos y niveles. No incrementa FPS, pero sí hace que todo vaya más ágil y fluido.

Por último, contar con un buen monitor, un ratón preciso y un teclado cómodo completa la experiencia de juego. Aunque estos periféricos no suben los FPS, sí mejoran la sensación global y permiten aprovechar mejor el rendimiento que da tu hardware interno.

Cuando has puesto al día tu CPU, GPU, RAM y almacenamiento, es cuando de verdad tiene sentido afinar con el Modo Juego y el resto de ajustes de Windows, como complemento para exprimir hasta el último detalle de lo que has montado.

Entre el Modo Juego, la selección de «Alto rendimiento» para tus títulos, las optimizaciones de juegos en ventana, los planes de energía agresivos, la reducción de procesos en segundo plano y el uso de drivers actualizados, Windows ofrece hoy un buen número de herramientas gratis para mejorar tu experiencia al jugar; si las combinas con un hardware razonablemente equilibrado, tendrás una plataforma muy capaz sin necesidad de complicarte demasiado con configuraciones avanzadas.

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