Frecuencia de muestreo de audio: qué es y cómo cambiarla

Última actualización: 21/02/2026
Autor: Isaac
  • La frecuencia de muestreo marca cuántas muestras por segundo se toman de una señal analógica y define el rango de frecuencias que se puede reproducir sin distorsión.
  • La profundidad de bits no afecta a la frecuencia, sino al rango dinámico y a la precisión con la que se representa la amplitud (volumen) de cada muestra.
  • Para usos generales basta 44,1 kHz y 16 bits, mientras que en producción musical y mezcla se prefieren 48–96 kHz y 24 bits por flexibilidad y menor ruido.
  • Subir la frecuencia de muestreo o los bits en la exportación no mejora una grabación hecha con valores más bajos; solo aumenta el tamaño de los archivos.

Frecuencia de muestreo y profundidad de bits

Cuando trabajas con sonido en un ordenador, móvil o interfaz de audio, todo pasa por un mismo filtro: la señal se convierte en números. Esa transformación no es mágica; se basa en dos parámetros clave: frecuencia de muestreo y profundidad de bits, que determinan hasta qué punto el audio digital se parece a la señal analógica original.

Si estás empezando a producir, mezclar o simplemente quieres entender qué significan esos 44,1 kHz, 48 kHz, 16 o 24 bits que ves en tu DAW o en tu DAC, te vendrá genial tener una explicación clara. A lo largo de este artículo vas a ver de forma sencilla qué son la frecuencia de muestreo y la profundidad de bits, cómo afectan a la calidad, cuándo conviene cambiarlas y qué ajustes usar en grabación, mezcla y escucha.

Qué es la frecuencia de muestreo en audio

Para que un dispositivo digital pueda trabajar con sonido, primero tiene que «trocear» la señal analógica continua en pequeños fragmentos llamados muestras; la frecuencia de muestreo es simplemente cuántas de esas muestras se toman cada segundo y se expresa en hercios (Hz) o kilohercios (kHz).

Imagina una onda senoidal analógica perfecta. Cuando entra en un convertidor analógico-digital (ADC), este va tomando lecturas periódicas de su altura (amplitud); si quieres medir cómo responde tu interfaz, comprueba la calidad de tu tarjeta de sonido. Cada una de esas lecturas es una muestra y su posición en el tiempo viene marcada por la frecuencia de muestreo elegida, por ejemplo 44.100 veces por segundo si usamos 44,1 kHz.

Si hiciéramos el experimento con una frecuencia de muestreo muy baja, por ejemplo 6 Hz, veríamos pocas líneas (muestras) sobre la onda senoidal, y la reconstrucción digital quedaría muy tosca. Al aumentar la frecuencia de muestreo a valores como 10 Hz, 44,1 kHz o 48 kHz, el número de puntos por segundo sube y la forma digital se acerca mucho más a la onda original.

La comparación clásica es con el vídeo: la frecuencia de muestreo en audio es como los fotogramas por segundo (FPS) en vídeo. Con pocos FPS, la animación se ve a saltos; con suficientes FPS, la sensación es fluida. En audio ocurre algo parecido: si muestreamos demasiado lento, perdemos información de la forma de onda y aparecen artefactos.

Teorema de Nyquist y rango audible

Todo esto de la frecuencia de muestreo no es un invento arbitrario; se basa en el teorema de muestreo de Nyquist-Shannon. Este teorema dice que para poder reconstruir fielmente una señal, la frecuencia de muestreo debe ser como mínimo el doble de la frecuencia más alta presente en esa señal.

El oído humano sano suele abarcar un rango aproximado de 20 Hz a 20 kHz. Si queremos cubrir todo ese espectro sin perder información, necesitamos muestrear al menos al doble de 20 kHz, es decir, 40 kHz. De ahí salen valores prácticos como 44,1 kHz (CD) o 48 kHz (vídeo y audio profesional), que proporcionan un pequeño margen extra para los filtros.

Matemáticamente, si cumplimos el criterio de Nyquist, la señal digital contiene TODA la información necesaria para reconstruir la señal analógica original dentro del ancho de banda definido. No hace falta «adivinar» lo que pasa entre muestras: la información está implícita en el conjunto de todas las muestras.

Un error muy extendido es pensar que si digitalizamos, por ejemplo, una señal con contenido hasta 10 kHz, muestrear a 25 kHz y a 50 kHz da calidades diferentes dentro de ese mismo rango. Siempre que ambas frecuencias de muestreo cumplan con Nyquist y el filtrado esté bien hecho, la reconstrucción de esa señal es matemáticamente idéntica en ambos casos.

Frecuencias de muestreo más usadas en audio

En la práctica, en lugar de usar valores aleatorios se han estandarizado varias frecuencias de muestreo para distintas aplicaciones, de forma que la compatibilidad entre equipos y formatos sea sencilla, por ejemplo al elegir la mejor tarjeta de sonido.

En audio de consumo y música grabada, 44,1 kHz es el estándar clásico de los CD de audio. Esto permite grabar contenido útil hasta unos 20 kHz, dejando un margen (hasta 22,05 kHz, que es la frecuencia de Nyquist) para que los filtros antialiasing hagan su trabajo sin ser absurdamente agresivos.

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En vídeo, cine y televisión se usa mayoritariamente 48 kHz, porque se integra mejor con los estándares de vídeo digital. De nuevo, cubre sobradamente el rango audible y facilita los diseños de filtros de entrada y salida.

Además de estos valores, muchos sistemas ofrecen tasas más bajas como 22,05 kHz (calidad tipo radio) o 11,025 kHz (voz, telefonía antigua). Estas frecuencias reducen drásticamente el tamaño de los archivos, a costa de recortar el ancho de banda útil del audio, por lo que son adecuadas solo cuando no necesitamos contenido en altas frecuencias.

Por el lado «alto», en equipos de grabación y mezcla avanzada se encuentran valores como 88,2 kHz, 96 kHz o incluso 192 kHz. Estas tasas permiten diseños de filtros más suaves, reducen ciertos tipos de aliasing interno y en algunos conversores y plugins logran un mejor comportamiento técnico, aunque no amplían el rango de frecuencias que podemos oír, que sigue limitado por nuestra fisiología.

La profundidad de bits: cuánto detalle tiene cada muestra

La frecuencia de muestreo define cada cuánto tomamos una muestra en el tiempo, pero nos falta otro dato: qué resolución tiene cada una de esas muestras en el eje vertical (amplitud). Ahí entra la profundidad de bits.

La profundidad de bits (8, 16, 24, 32 bits…) indica cuántos valores distintos puede tomar la amplitud de cada muestra. Cuantos más bits, más niveles posibles y más finamente podemos representar la variación de volumen de la onda. Matemáticamente, con N bits tenemos 2^N niveles posibles.

Por ejemplo, con 16 bits contamos con 65.536 niveles posibles de amplitud, mientras que con 24 bits llegamos a 16.777.216 niveles. El salto es enorme y se traduce en un rango dinámico teórico mucho mayor, es decir, más diferencia posible entre el sonido más suave y el más fuerte sin que aparezca ruido de cuantificación notable.

Si quisiéramos visualizarlo, podríamos imaginar la onda analógica continua sobre una cuadrícula: en el eje horizontal ponemos el tiempo (muestras) y en el vertical, los niveles de amplitud que permiten los bits. Con 2 bits tendríamos solo 4 niveles verticales; con 4 bits, 16 niveles. Se ve rápidamente que con pocos bits la forma de onda digital es bastante cuadrada y «escalonada», mientras que con más bits se ajusta mejor a la curva real.

En términos sonoros, esto significa que una profundidad de bits alta permite capturar y reproducir mejor los matices de volumen, los detalles de ataques suaves y los decaimientos largos, además de ofrecer más margen antes de llegar a la distorsión por saturación digital (clipping).

Relación entre profundidad de bits y rango dinámico

La profundidad de bits está directamente relacionada con el rango dinámico. A nivel teórico, se suele aproximar el rango dinámico en dB de un sistema PCM como: rango dinámico ≈ 6,02 × número de bits.

En la práctica, esto se traduce en cifras como estas: un audio de 16 bits ofrece unos 96 dB de rango dinámico. Es decir, el nivel máximo que puede codificarse está aproximadamente 96 dB por encima del nivel más bajo representable antes de que el ruido de cuantificación se vuelva dominante.

Si pasamos a 24 bits, el rango dinámico teórico ronda los 144 dB. Esa diferencia adicional se nota sobre todo en etapas de grabación y mezcla, donde tener más margen ayuda a evitar problemas de ruido y permite trabajar con headroom cómodo sin perder resolución en pasajes suaves.

Un buen símil visual para entenderlo consiste en pensar en las imágenes: la frecuencia de muestreo sería como los fotogramas por segundo, y la profundidad de bits, la resolución (720p, 1080p, 4K…). Una mayor resolución no cambia el número de fotogramas, pero sí hace que cada fotograma tenga más detalle, colores más suaves y gradientes menos «a bloques».

De manera análoga, en audio una profundidad de bits mayor no añade más frecuencias, pero sí una gradación de volumen más fina, lo que se nota en pasajes con grandes diferencias de dinámica y en grabaciones muy detalladas, como música clásica o jazz acústico.

Conceptos erróneos frecuentes sobre muestreo

En el mundo del audio digital circulan muchos mitos. Uno de los más comunes es pensar que cuanto más alta sea la frecuencia de muestreo, mejor va a sonar siempre el audio. Aunque suene lógico, no es tan simple.

Como hemos comentado, si la frecuencia de muestreo supera con holgura el doble de la frecuencia más alta que queremos registrar y los filtros están bien diseñados, la calidad dentro del rango audible es ya máxima. A partir de ahí, subir la frecuencia de muestreo no añade más detalle audible, aunque sí puede facilitar la vida a los filtros y a ciertos procesos internos.

Otro error bastante extendido es creer que cambiar la frecuencia de muestreo o la profundidad de bits de un archivo ya grabado lo va a “mejorar”. Si has grabado a 44,1 kHz y 16 bits, exportar después a 96 kHz y 24 bits no genera información nueva; simplemente obtendrás un archivo más pesado con la misma calidad efectiva.

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También es habitual pensar que las muestras se «unen» mediante líneas rectas tipo diente de sierra cuando se reconstruye la señal. Eso es una simplificación visual. En realidad, la reconstrucción ideal se hace mediante filtrado analógico de salida (tras la conversión digital-analógica), y si el sistema cumple Nyquist, la forma de la onda continua coincide exactamente con la original dentro del ancho de banda.

Por último, algunos aficionados se obsesionan con necesitar 192 kHz y 32 bits flotantes para escuchar música. A nivel psicoacústico, la mayoría de estudios serios y pruebas a doble ciego no encuentran diferencias audibles significativas entre 44,1/16 bien implementado y formatos «hi-res» superiores, siempre que las masterizaciones sean equivalentes.

Frecuencia de muestreo en la vida real: música, DAW y streaming

En producción musical, al crear una sesión en tu DAW (Ableton, Pro Tools, Cubase, Reaper, etc.), suele pedirse que indiques la frecuencia de muestreo (por ejemplo, 44,1, 48 o 96 kHz) y la profundidad de bits del proyecto. Esa configuración marca cómo se van a grabar las pistas de audio y cómo va a trabajar internamente la sesión.

Si eliges 24 bits y 48 kHz para tu proyecto, todo el material grabado a través de tu interfaz se almacenará con esos parámetros. Muchos VST y sintetizadores internos trabajan, además, con precisión superior (por ejemplo, en 32 bits flotantes) a nivel de procesamiento, pero la entrada y salida del proyecto se anclan a la frecuencia de muestreo que hayas fijado.

Una duda muy habitual es si hay diferencia audible entre, por ejemplo, 16 bits/44,1 kHz y 24 bits/48 kHz. La respuesta honesta es: depende de la situación. En escucha normal de un máster bien hecho, la mayoría de personas no distingue diferencias en condiciones ciegas entre 44,1/16 y 48/24.

Sin embargo, en el entorno de grabación y mezcla sí es aconsejable trabajar al menos a 24 bits, porque ese margen extra de rango dinámico facilita los ajustes de ganancia, reduce el ruido relativo de cuantificación y evita que te veas forzado a grabar «al límite» del 0 dBFS para no quedarte corto de nivel.

En cuanto a la frecuencia de muestreo, muchos productores prefieren 48 kHz para proyectos audiovisuales y 44,1 o 48 kHz para música destinada a streaming. Subir a 88,2 o 96 kHz puede beneficiar algunos plugins (sobre todo aquellos que generan muchas frecuencias altas como distorsiones o sintetizadores), pero también pone más carga en la CPU y genera archivos más grandes.

Frecuencia de muestreo y dispositivos de escucha (DAC, DAP y servicios HiFi)

Con el auge de servicios HiFi como Tidal, Qobuz o Apple Music que ofrecen audio en 24 bits y frecuencias de muestreo hasta 192 kHz, a muchos oyentes les surge la duda: ¿esto realmente suena mejor o es marketing?

Volviendo al paralelismo con el vídeo, podemos pensar que 44,1 kHz es para el oído algo parecido a lo que 60 FPS es para la vista. A partir de un cierto punto, el aumento de «fotogramas» (o muestras) ya no se percibe como incremento de fluidez, aunque existan pequeñas diferencias técnicas.

La teoría de Nyquist dice que una frecuencia de muestreo de 44,1 kHz basta para representar con total fidelidad todas las frecuencias que un ser humano puede percibir. Las frecuencias de muestreo más altas se utilizan sobre todo en procesos de producción para combatir aliasing en bandas de frecuencia que van más allá de lo audible, pero no porque el oyente vaya a oír armónicos a 60 kHz.

Aun así, hay motivos prácticos por los que algunos profesionales y fabricantes apuestan por 96 kHz o más: ciertos conversores analógico-digitales y digital-analógicos funcionan mejor a tasas altas, se pueden usar filtros más suaves, se reduce la latencia en algunos casos y parte de los plugins están optimizados para esas tasas.

Como usuario final, el consejo sensato es sencillo: no te obsesiones con los números y fíate más de tus oídos que de la ficha técnica; si quieres mejorar la escucha, aprende a ajustar el ecualizador de Windows 11. Un buen máster a 44,1/16 suele sonar mejor que un máster mediocre a 192/24; la calidad de la mezcla y el masterizado pesa mucho más que el formato contenedor.

Frecuencia de muestreo en otros ámbitos: telecomunicaciones y medicina

La frecuencia de muestreo no solo importa en música. En telefonía clásica, por ejemplo, se usan tasas de unos 8 kHz, suficiente para conservar la inteligibilidad de la voz humana, aunque suene «estrecha» y con poco brillo en agudos.

En sistemas modernos de VoIP (como muchas plataformas de videollamada), se han adoptado frecuencias de muestreo de 16 kHz u otras intermedias, lo que permite una voz con más claridad y naturalidad sin disparar el ancho de banda necesario.

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En equipos médicos, la lógica es parecida pero aplicada a otras señales: en un ecógrafo o en un electrocardiograma (ECG), la frecuencia de muestreo determina el nivel de detalle con el que se captan las formas de onda fisiológicas. Una tasa demasiado baja podría ocultar pequeños cambios relevantes para el diagnóstico.

Estos sistemas tienen que encontrar un equilibrio entre fidelidad y recursos: más frecuencia de muestreo implica más datos que almacenar, transmitir y procesar, lo que puede encarecer equipos o ralentizar el análisis en tiempo real.

En campos como el reconocimiento de voz, asistentes virtuales o realidad virtual, una frecuencia de muestreo suficiente asegura que las señales de entrada lleguen con el detalle necesario para que los algoritmos funcionen bien y para que la experiencia auditiva del usuario sea creíble y envolvente.

Equilibrio entre calidad, tamaño de archivo y rendimiento

Uno de los desafíos tradicionales del audio digital es encontrar un punto razonable entre calidad percibida, tamaño de archivo y carga de procesamiento. Cada vez que duplicas la frecuencia de muestreo, prácticamente duplicas la cantidad de datos por segundo.

En servicios de streaming, esto se nota enseguida: usar tasas muy altas multiplica el ancho de banda necesario y aumenta las probabilidades de cortes o buffering en conexiones que no sean perfectas. Por eso suelen emplear un compromiso entre bitrate, formato de compresión y frecuencia de muestreo.

En dispositivos portátiles con memoria limitada, como ciertos grabadores de mano o reproductores antiguos, reducir frecuencia de muestreo y/o bits permitía almacenar muchas más horas de audio, sacrificando calidad en rangos que tal vez no fueran estrictamente necesarios (por ejemplo, grabación de voz para dictado).

En un estudio profesional la situación cambia: el almacenamiento es más abundante y la prioridad es la fidelidad. Por eso se aceptan frecuencias de muestreo altas y 24 bits como estándar de trabajo, aun sabiendo que el producto final quizá terminará en 44,1/16.

A nivel de CPU, cada incremento de frecuencia de muestreo aumenta la carga sobre el sistema, especialmente en proyectos grandes cargados de plugins. Un proyecto a 96 kHz con decenas de instrumentos virtuales y efectos puede poner de rodillas a un ordenador medio, mientras que el mismo proyecto a 44,1 o 48 kHz funcionaría con soltura.

Cambiar la frecuencia de muestreo y la profundidad de bits en tu flujo de trabajo

Llega la cuestión práctica: qué valores elegir al crear un proyecto y qué hacer al exportar. Aquí conviene distinguir entre fase de producción y formato final de distribución.

Para grabar y mezclar, una combinación muy sensata es 24 bits y 44,1 o 48 kHz. Esta configuración ofrece margen dinámico amplio, buena calidad técnica y una carga de CPU razonable. Si trabajas con vídeo, 48 kHz suele ser la opción lógica por compatibilidad.

Si tu equipo lo permite sin problemas y vas a hacer mucha postproducción, distorsiones o procesamiento intensivo, puede tener sentido subir a 88,2 o 96 kHz, especialmente si notas artefactos de aliasing en ciertos plugins. Aun así, no es obligatorio para conseguir mezclas de alto nivel.

En la exportación, la regla clave es que no tiene sentido aumentar artificialmente la frecuencia de muestreo o los bits respecto al proyecto original esperando milagros. Si tu sesión está a 48 kHz/24 bits, exportar en 192 kHz/32 bits solo hincha el archivo.

Lo recomendable suele ser adaptar el formato de salida al estándar del destino: 44,1 kHz/16 bits para distribución tipo CD o muchos agregadores, 48 kHz para vídeo, y 24 bits si se va a enviar a un ingeniero de mastering o a un servicio que acepte «hi-res» sin compresión con pérdida.

En cualquier caso, cuando reduzcas de 24 a 16 bits, aplica dither en el último paso del proceso. El dither añade un ruido muy bajo y controlado que ayuda a que los errores de cuantificación resultantes sean menos audibles, sobre todo en pasajes suaves.

Con todo esto en mente, se entiende por qué tantas recomendaciones de audio digital coinciden en que la calidad depende más de una buena cadena de grabación, mezcla y masterizado que de perseguir cifras astronómicas. Entender qué hacen realmente la frecuencia de muestreo y la profundidad de bits te permite elegir con criterio, sin dejarte arrastrar por mitos ni por el marketing, y adaptar tus ajustes a cada proyecto de forma consciente y eficiente.

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