Fracaso de Windows en ARM y el éxito del MacBook Neo

Última actualización: 13/03/2026
Autor: Isaac
  • Windows en ARM arrastra una década de tropiezos por problemas de compatibilidad, falta de ecosistema de apps y ausencia de ventajas claras frente a x86.
  • Surface RT y Windows RT fueron el primer gran intento de Microsoft con ARM, pero fracasaron al no resolver mejor ningún problema real del usuario.
  • Apple ha logrado una transición exitosa a ARM con sus chips M y el MacBook Neo, gracias a un control total del ecosistema y una emulación muy pulida.
  • Mientras Microsoft lidia con el peso del legado x86 y ventas discretas en ARM, Windows sigue fuerte en gaming, pero con una presión creciente desde Linux y SteamOS.

Windows en ARM y su fracaso

Durante años hemos oído que Windows en ARM era el futuro, la vía para lograr portátiles más ligeros, silenciosos y con autonomías de escándalo. Sin embargo, mientras Apple ha bordado su transición a chips ARM con los MacBook, Microsoft y sus socios llevan más de una década tropezando una y otra vez con la misma piedra. El contraste se ha vuelto especialmente evidente con el lanzamiento del MacBook Neo, que ha reabierto el debate sobre por qué una compañía ha logrado lo que la otra lleva tanto tiempo persiguiendo sin éxito.

El caso de Windows en ARM es un ejemplo perfecto de cómo una buena idea puede estrellarse si la ejecución técnica, el ecosistema de software y la estrategia con los usuarios no encajan. Microsoft ha sido pionera en muchos frentes, pero en este en concreto ha pecado de llegar pronto, mal preparado y sin resolver los problemas reales de la gente. Mientras tanto, Apple ha esperado, ha hecho los deberes y ha demostrado que la misma apuesta por ARM puede salir redonda cuando controlas todos los elementos de la ecuación.

Del iPhone al MacBook Neo: por qué ARM tenía sentido desde hace años

La sorpresa de muchos usuarios con el rendimiento del MacBook Neo “barato” dice más de nuestra memoria que de la tecnología. Mucha gente se pregunta cómo es posible que un portátil de alrededor de 700 euros, basado en un chip derivado del iPhone como el Apple A18 Pro, vaya tan fluido. Para cualquiera que haya seguido de cerca la evolución de los procesadores de Apple, la pregunta suena casi absurda.

Ya en 2015, analistas como John Gruber señalaban que el Apple A9 del iPhone 6S era comparable en potencia al chip de un MacBook de la época, un Intel Core M de 1,1 GHz montado en un portátil que rondaba los 1.300 dólares. Es decir, hace más de una década Apple ya tenía en el móvil un chip capaz de codearse con procesadores de portátil, algo que dejaba clara la inevitabilidad de que los Mac acabasen abrazando ARM tarde o temprano.

La migración llegó oficialmente con el M1 en 2020, un salto que dejó boquiabierto a medio sector por la combinación de potencia, eficiencia energética y silencio. Lo que el MacBook Neo ha hecho ahora es ir un paso más allá en lo simbólico: es un portátil económico, sin disfrazar el origen “de iPhone” de su chip, y que aun así ofrece un rendimiento más que suficiente para el usuario medio. Apple ha demostrado que puede reutilizar su experiencia en móviles e iPad para abaratar la entrada al ecosistema Mac sin renunciar a la experiencia.

Ese movimiento es especialmente irónico porque, según el exjefe de Windows Steven Sinofsky, Microsoft intentó algo muy similar hace más de diez años con Surface RT y Windows RT. Su idea de entonces era básicamente lo que Apple ha materializado ahora con el MacBook Neo: un ordenador ligero, con chip ARM, buena batería y orientado a tareas cotidianas. Solo que, como veremos, Microsoft chocó de frente con la realidad.

Surface RT y Windows RT: la primera gran apuesta ARM de Microsoft

Cuando Microsoft lanzó la primera Surface RT en 2012, lo hizo con la ambición de marcar el camino de la informática ligera del futuro. A nivel de concepto, la idea no era disparatada: un dispositivo ARM con un procesador NVIDIA Tegra, una interfaz adaptada al tacto, buena autonomía y un precio de entrada de 499 dólares (599 dólares con el teclado Touch Cover), pensado para cubrir la “informática básica” de estudiar, navegar, escribir y consumir contenido.

El problema fue que, en la práctica, Surface RT era un “quiero y no puedo”. Aquellas 10,6 pulgadas se quedaban cortas para trabajar con comodidad, el formato tablet con teclado opcional no terminaba de cuajar como sustituto del portátil, y el uso táctil, por más que pudiese resultar atractivo al principio, se demostró mucho menos relevante para el día a día de lo que Microsoft esperaba. El ratón y el teclado seguían siendo protagonistas, y la ergonomía general no terminaba de convencer.

Pero donde de verdad se estrelló el experimento fue en el terreno del software y la compatibilidad. Windows RT no permitía ejecutar las clásicas aplicaciones Win32/x86 de toda la vida, y se apoyaba en un nuevo modelo de apps (WinRT) para el que ni los desarrolladores ni los usuarios estaban preparados. No había prácticamente ecosistema de aplicaciones, las pocas disponibles llegaban con cuentagotas y muchas de las herramientas profesionales o corporativas habituales simplemente no existían en esa plataforma.

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El resultado fue demoledor: Surface RT no resolvía ningún problema real mejor que los portátiles tradicionales con Windows x86. Al contrario, era más limitada en compatibilidad, no destacaba de forma clara en rendimiento y su propuesta de tablet con teclado no aportaba ventajas contundentes para la mayoría. El mercado reaccionó con indiferencia tirando a rechazo, y en 2013 Microsoft tuvo que comerse un cargo de unos 900 millones de dólares por el tropiezo de Surface RT y Windows RT.

Según el propio Sinofsky, el fallo no estaba tanto en el hardware o en la premisa de usar ARM, sino en querer empujar demasiado rápido al ecosistema de Windows hacia un nuevo modelo de aplicaciones, sin ofrecer un puente sólido con el enorme legado de software Win32. Windows RT era, de facto, una versión de Windows mutilada desde la perspectiva de compatibilidad, justo lo contrario de lo que pedían usuarios y empresas.

Por qué Windows en ARM sigue sin despegar a pesar de los avances

Más de una década después de Surface RT, la historia de Windows en ARM continúa llena de tropiezos. Microsoft ha intentado relanzar la idea varias veces: desde portátiles ultraportátiles con chips Snapdragon hasta propuestas como Surface Pro X, pasando por la reciente ola de PCs Copilot+ que vuelven a apostar por ARM con el apoyo de Qualcomm.

A nivel de hardware, la situación ha mejorado claramente. Los actuales chips ARM de Qualcomm para portátiles son mucho más potentes y eficientes que aquellos primeros Tegra, y los diseños de equipos son bastante más redondos en construcción, pantallas, teclados y autonomía. Sobre el papel, muchos de estos dispositivos prometen una buena duración de batería y un rendimiento correcto para usos generales, además de incorporar aceleradores de IA para tareas locales.

El problema es que, incluso con esas mejoras, no logran ser mejores que sus equivalentes x86 de Intel o AMD en los aspectos que de verdad importan para el público masivo. No baten claramente en potencia a los portátiles tradicionales, su eficiencia energética es buena pero no revolucionaria, y los precios tienden a situarse al mismo nivel que máquinas x86 igual de capaces. Si a esto se suma que Windows para ARM aún arrastra limitaciones de compatibilidad, la pregunta lógica del usuario es: ¿por qué arriesgarme?

Microsoft ha intentado paliar la situación con avances como Prism, la capa de emulación de Windows 11 24H2 que permite ejecutar aplicaciones x86 y x64 con un rendimiento cada vez más digno, incluyendo soporte para instrucciones AVX y AVX2. Además, el gigante de Redmond presumía en 2024 de que cerca del 87% del tiempo de uso en determinadas configuraciones ya se dedicaba a aplicaciones con versión nativa ARM64, todo un contraste con la era de Windows RT.

Aun así, la realidad cotidiana sigue mostrando grietas. Hay herramientas muy usadas que simplemente no funcionan o no lo hacen bien en ARM. El caso de Kaspersky es ilustrativo: ni su VPN ni su antivirus ofrecen compatibilidad completa con Windows en ARM, lo que implica que incluso en 2026 hay software de seguridad y redes que deja tirado al usuario que elige esta arquitectura. Para el consumidor doméstico avanzado y, sobre todo, para la empresa, este tipo de carencias es inasumible.

El peso del legado: empresas, compatibilidad y miedo al cambio

El mayor freno para Windows en ARM no es tanto tecnológico como cultural y económico. El ecosistema de Windows arrastra décadas de aplicaciones heredadas, muchas de las cuales siguen siendo críticas para millones de usuarios empresariales.

Para estas organizaciones, la principal exigencia al renovar equipos con herramientas como Microsoft Intune es obvia: que todo siga funcionando exactamente igual. Cuando compran un nuevo portátil o sobremesa con Windows sobre Intel o AMD, dan por hecho que ese software histórico arrancará sin dramas. Es una confianza construida durante décadas, y romperla implicaría un coste en soporte, formación y riesgos operativos que muy pocos están dispuestos a asumir.

En ARM, esa garantía absoluta se tambalea. Por muy buena que sea la emulación o por muchos parches que se publiquen, siempre existe la posibilidad de que cierta aplicación clave falle, rinda peor o directamente no funcione. Las empresas odian el riesgo tanto como cualquiera odia un reality infumable, así que el incentivo para lanzarse a una plataforma donde no hay compatibilidad perfecta garantizada es prácticamente nulo.

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Si lo reducimos a una lista, para que alguien adopte un portátil Windows con ARM, Microsoft tendría que convencerle de que: todo su software va a funcionar igual que en x86, la autonomía va a ser realmente mejor que en Intel o AMD y el equipo va a ser sensiblemente más barato que la alternativa tradicional. Si alguno de esos puntos flojea, la elección lógica es seguir con lo conocido. Y a día de hoy, ni el rendimiento ni los precios inclinan la balanza con claridad hacia ARM en el mundo Windows.

Esto coloca a Microsoft en una situación muy distinta a la de Apple. Mientras Apple controla por completo su ecosistema y pudo cortar de raíz la venta de Mac con Intel, obligando a la transición a ARM con una emulación extremadamente pulida, Microsoft debe sostener un universo de cientos de millones de máquinas y programas heterogéneos. No puede simplemente anunciar que, a partir de ahora, todos los PCs con Windows serán ARM, porque medio planeta dejaría de poder ejecutar sus herramientas clave.

La comparación con Apple: por qué la transición de macOS a ARM sí ha funcionado

Apple ha logrado con ARM algo que Microsoft ansía desde hace años: que la mayoría de usuarios apenas note el cambio de arquitectura. Cuando los Mac pasaron de Intel a los chips M1 y sucesores, las capas de traducción y la planificación de la transición estuvieron tan cuidadas que para el 90% de la gente el Mac siguió siendo el mismo Mac de siempre, solo que más rápido y con mejor batería.

Claves de ese éxito hay varias. Por un lado, Apple controla el hardware, el sistema operativo y una parte muy relevante del ecosistema de apps, lo que le permite coordinar tiempos y requisitos sin tener que negociar con miles de fabricantes. Por otro, no ofreció una vía de escape: una vez arrancó la transición, dejó de vender Mac con Intel y centró todo su esfuerzo en la plataforma ARM, reduciendo la fragmentación y empujando a desarrolladores y usuarios en la misma dirección.

Además, Apple supo plantear la transición como una mejora clara: más eficiencia, más autonomía y más potencia, manteniendo precios similares o, en algunos modelos, incluso más bajos que las generaciones anteriores. El Mac mini con M1 fue el ejemplo perfecto de este enfoque: un sobremesa compacto, silencioso, muy potente para su rango y sorprendentemente asequible que demostró que un ordenador podía ser ultraeficiente sin ser un lujo inalcanzable.

En la práctica, los Mac con ARM resolvían los mismos problemas que los Mac con Intel, pero lo hacían mejor en casi todo. Y, muy importante, la compatibilidad percibida por el usuario se mantuvo altísima gracias a la calidad de la emulación y a una transición gradual bien orquestada. Cuando un usuario abría sus aplicaciones habituales, estas funcionaban igual o mejor que antes, lo que reducía la fricción y minimizaba la percepción de riesgo.

Por eso el MacBook Neo, heredero de esa estrategia y descendiente directo de los chips de iPhone, ha podido posicionarse como una especie de “Surface RT que sí funciona”. Es un portátil económico, de aluminio, con gran movilidad, muchas horas de batería y capaz de ejecutar el mismo catálogo de apps que cualquier otro Mac contemporáneo. Apple llegó al terreno de la informática básica con los deberes hechos, mientras que Microsoft se presentó con un caos de interfaces, modelos de apps y arquitecturas a medio cocer.

Windows, el gaming y el giro estratégico hacia otras plataformas

Aunque el núcleo del problema de Windows en ARM está en la compatibilidad general y el entorno profesional, también se aprecia su impacto en un sector clave: el gaming en PC. Tradicionalmente, si querías jugar en ordenador, elegías Windows casi por defecto. Linux y macOS quedaban relegados por un catálogo más pobre y más trabas técnicas, pero esa dinámica se ha ido alterando, en parte por los movimientos de Microsoft y en parte por la apuesta de otros actores.

Valve ha sido uno de los grandes agitadores al apostar en serio por SteamOS y Proton, permitiendo que miles de juegos pensados para Windows funcionen en Linux con una compatibilidad impensable hace unos años. El éxito de Steam Deck ha servido como escaparate de ese progreso, hasta el punto de que cada vez más jugadores se plantean dar el salto a Linux atraídos por un entorno más acotado, con menos procesos en segundo plano y un comportamiento más predecible.

Mientras tanto, Microsoft intenta mantener su trono en el PC gaming mejorando Windows 11 e impulsando alianzas con fabricantes de hardware. En lugar de lanzar su propia portátil Xbox, se ha apoyado en socios como Asus y AMD para productos tipo ROG Xbox Ally, dispositivos que corren Windows 11 pero arrancan en interfaces a pantalla completa pensadas para mando, intentando combinar lo mejor del PC y la consola.

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En el plano técnico, Windows 11 ha ido sumando mejoras: DirectX Raytracing 1.2, herramientas para precompilar shaders como Advanced Shader Delivery, trabajos en técnicas de neural rendering en modo preliminar y, en el terreno del audio, soporte para LE Audio con menos latencia. Todo ello junto con ajustes internos de energía, gestión de memoria y reducción de carga en CPU para mejorar la experiencia en portátiles y consolas portables basadas en APUs Ryzen.

Dentro de esa misma estrategia, Microsoft ha empujado Windows en ARM como otra vía para ampliar el alcance del ecosistema, permitiendo instalar y ejecutar juegos compatibles desde la app de Xbox en algunos dispositivos ARM inscritos en el programa Insider. El emulador Prism, además, ha ido mejorando el rendimiento de títulos x86 y el soporte de sistemas antitrampas como Easy Anti-Cheat o BattlEye, tratando de convencer a los jugadores de que ARM también puede ser una plataforma válida para gaming ligero.

Sin embargo, incluso con estos pasos adelante, el usuario percibe que la opción más segura sigue siendo un PC x86 con Windows. El catálogo es prácticamente universal, la compatibilidad con hardware y software está muy probada y la cuota de Windows en plataformas como Steam ronda aún el 95%, frente a un Linux que, aunque crece, sigue cerca del 3%. El terreno ARM, en cambio, continúa viéndose como un experimento en pruebas, no como el estándar.

Señales de desgaste: ventas discretas y cambios de rumbo

Las dudas sobre la viabilidad comercial de Windows en ARM no son solo teóricas. En el mercado empiezan a sonar con fuerza informes de ventas muy flojas para algunos portátiles basados en Snapdragon, hasta el punto de que hay quien habla de “no vender ninguna unidad” en ciertos segmentos. Rumores recientes apuntan incluso a que Microsoft estaría reintroduciendo de forma más decidida configuraciones Intel (y quizá AMD) en la gama Surface, reduciendo así el protagonismo de ARM.

Otro síntoma llamativo ha sido la cancelación del kit de desarrollo para Windows en Snapdragon por parte de Qualcomm, con el correspondiente reembolso de pedidos. Para una plataforma que necesita como el aire fortalecer su ecosistema de aplicaciones nativas ARM64, la retirada de herramientas específicas para desarrolladores es una mala señal que se suma a la sensación de falta de tracción comercial.

Por mucho que se hable de “PCs con IA” o Copilot+ como la próxima gran ola, la realidad cotidiana es que estos equipos no resuelven mejor ningún problema que no pueda cubrirse con un portátil x86 bien equilibrado. Sí, disponen de aceleradores de IA y funciones novedosas, pero si el usuario se encuentra con incompatibilidades, precios similares y un rendimiento que no deslumbra, el atractivo se diluye.

En paralelo, el propio ecosistema Windows se ve sometido a tensiones en otros frentes, como la transición forzada de Windows 10 a Windows 11, que ha dejado a muchos equipos perfectamente válidos sin soporte oficial por requisitos de hardware como el TPM o ciertos procesadores. Entre esa presión, la fragmentación de experiencias y los experimentos aún verdes con ARM, se genera una sensación de desgaste que otros actores, como Valve con Linux, están aprovechando para ofrecer alternativas.

Todo este contexto refuerza la idea de que el fracaso de Windows en ARM no es un único error puntual, sino una suma de decisiones mal planteadas, tiempos precipitados y una dificultad estructural enorme para mover un ecosistema gigantesco hacia una arquitectura nueva sin destrozar la compatibilidad que lo ha hecho fuerte durante décadas.

Con este panorama, el balance es claro: Apple ha sido capaz de transformar ARM en una ventaja competitiva tangible con productos como el MacBook Neo, mientras Microsoft sigue atrapada entre su pasado x86, un futuro ARM que no termina de cuajar y una base de usuarios que, salvo excepciones muy concretas, no ve razones de peso para arriesgarse a cambiar de orilla. Hasta que Windows en ARM no ofrezca una experiencia que iguale sin excusas la compatibilidad, mejore de forma evidente la autonomía y se traduzca en precios más atractivos, seguirá siendo percibido como una apuesta fallida que ilustra mejor que nada las dificultades de reinventar un gigante sin romperlo por dentro.

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