Conectividad móvil: del 1G a las redes satelitales e IA

Última actualización: 11/02/2026
Autor: Isaac
  • Las redes móviles han evolucionado de 1G analógica a 5G y futuros despliegues 6G con IA integrada.
  • 4G LTE y LTE Advanced consolidaron la banda ancha móvil con arquitecturas IP, MIMO y Carrier Aggregation.
  • El modelo Direct to Cell de Starlink y acuerdos como el de MasOrange amplían la cobertura con satélites.
  • Wi-Fi, Bluetooth e IoT complementan a la conectividad móvil para ofrecer soluciones completas a hogares y empresas.

Conectividad móvil

La conectividad móvil ha pasado en pocas décadas de ser un lujo casi experimental a convertirse en la columna vertebral de la economía digital, de la forma en la que trabajamos y, prácticamente, de cómo vivimos. Desde las viejas redes analógicas hasta los planes para el 6G y la conectividad satelital directa al móvil, el camino ha sido tan rápido que muchas veces cuesta entender qué está pasando “bajo el capó”.

Hoy, mientras muchos usuarios aún no sienten que el 5G haya cumplido todas las promesas, la industria ya está probando el 6G, redes móviles controladas por inteligencia artificial y conexiones vía satélite que llegan allí donde nunca hubo cobertura. En este artículo vamos a recorrer, paso a paso, cómo hemos llegado hasta aquí, qué tipos de redes móviles existen, en qué se diferencian de la conectividad fija, qué tecnologías hacen posible todo esto y hacia dónde apunta la próxima década.

De 1G al 6G: cómo ha evolucionado la conectividad móvil

Cuando hablamos de generaciones móviles 1G, 2G, 3G, 4G y 5G nos referimos a grandes saltos de capacidad y servicios, no solo a que haya “más velocidad”. Cada generación ha traído nuevas funciones, mejor eficiencia y, sobre todo, nuevos modelos de negocio y usos que antes parecían ciencia ficción.

Las primeras redes comerciales de telefonía móvil aparecieron a finales de los años 70 y principios de los 80, con la 1G de tecnología analógica. Permitían realizar llamadas de voz de baja calidad, con poca seguridad y una velocidad de datos ridícula, en el entorno de los 2,4 Kbps. Pero sentaron el precedente clave: hablar sin cables y en movilidad.

Con la llegada del 2G (GSM), se dio el salto a redes completamente digitales. La calidad de voz mejoró de forma notable, se introdujeron los SMS y aparecieron las primeras funciones de datos muy básicos. Aun así, la navegación por Internet en el móvil no era, ni de lejos, algo práctico.

Para aprovechar algo mejor la red 2G surgió GPRS, conocido como 2.5G, una evolución que permitió, por primera vez, navegar por Internet desde el móvil, aunque a velocidades muy limitadas. Era más un “apaga fuegos” para datos que una solución pensada para el mundo conectado actual.

3G, 3.5G y 3.75G: la base de la internet móvil moderna

La verdadera explosión de los datos móviles llegó con UMTS o 3G, desarrollado dentro de la especificación IMT-2000 de la Unión Internacional de Telecomunicaciones y gestionado por el organismo 3GPP (el mismo que define GSM, GPRS y EDGE). 3G se diseñó para ofrecer velocidades teóricas de entre 2 y 5 Mbps, según la cobertura, el operador y el tipo de movilidad.

Con 3G se habilitaron videollamadas, redes sociales, mensajería instantánea y una navegación web ya aceptable. A cambio, el consumo de batería se disparó y las redes tuvieron que rediseñarse en profundidad para aguantar el tirón de tráfico de datos.

A partir de UMTS se introdujo la tecnología de acceso radio W-CDMA (Wideband Code Division Multiple Access), sustituyendo al TDMA de GSM. En esta tecnología, cada canal de 5 MHz se comparte entre decenas de usuarios (del orden de 50 a 150) gracias a códigos diferentes por usuario. Todos transmiten a la vez, pero cada flujo se “marca” con un código único que la estación base conoce, lo que permite recuperar la señal propia y tratar el resto como ruido.

Esta forma de acceso trae una ventaja importante para las operadoras: no exige una planificación de frecuencias tan rígida, porque todas las celdas pueden usar la misma banda. Además, permite el llamado soft-handover, en el que el móvil se mantiene conectado simultáneamente a la celda de origen y a la de destino durante el traspaso, evitando cortes perceptibles en la comunicación.

En el núcleo de la red 3G nos encontramos elementos como el MSC (Mobile Switching Center) para llamadas de voz, y los nodos SGSN y GGSN para la conmutación de paquetes de datos. El SGSN se encarga de autenticar, gestionar la movilidad y enrutar paquetes dentro del área de servicio, mientras que el GGSN actúa como pasarela hacia redes externas como Internet, comprobando si el usuario está activo y reenviando el tráfico a su SGSN correspondiente.

Sobre esta base surgieron varias evoluciones, pensadas para exprimir al máximo la infraestructura 3G:

  • HSDPA (3.5G): optimiza el enlace descendente (descarga), añadiendo un canal compartido y modulaciones más avanzadas para alcanzar hasta 7,2-14,4 Mbps.
  • HSUPA (3.75G): hace lo mismo en el enlace ascendente (subida), con tasas de hasta 7,2 Mbps, ideal para subir contenido, enviar ficheros o alimentar aplicaciones de vídeo y datos.
  • HSPA+ (3.8G / 3.85G): combina múltiples mejoras (MIMO, modulaciones más densas, optimizaciones de protocolo) para lograr hasta 42 Mbps de descarga y 11,5 Mbps de subida en condiciones ideales.

Aunque las velocidades pico de HSPA+ son teóricas y en la práctica se ven reducidas por la calidad de señal, la cantidad de usuarios por celda y la capacidad de la red troncal, marcaron un antes y un después en la experiencia de internet móvil antes del 4G.

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4G, LTE y LTE Advanced: la era de la banda ancha real en el móvil

El salto a 4G (LTE) supuso un rediseño casi desde cero de la arquitectura móvil. Aunque hubo confusión inicial sobre si LTE cumplía o no los requisitos estrictos de 4G definidos por el comité IMT-Advanced de la UIT (100 Mbps en alta movilidad y 1 Gbps en baja movilidad), la propia UIT acabó aceptando que LTE se comercializara como 4G por su enfoque claramente de nueva generación.

LTE introdujo una arquitectura IP nativa en la que prácticamente todo el tráfico (incluida la voz, vía VoIP/VoLTE) se transporta sobre protocolos de Internet. Desaparece el nodo de control RNC típico de UMTS y se pasa a un E-UTRAN (Evolved UTRAN) donde los eNodeB (eNB, estaciones base evolucionadas) asumen más funciones de control de recursos radio y calidad de servicio, coordinándose entre sí a través de enlaces IP.

En el plano radio, LTE utiliza modulaciones como QPSK, 16-QAM y 64-QAM y se apoya en dos esquemas de multiplexación diferentes: OFDMA en el enlace descendente y SC-FDMA en el ascendente. OFDMA divide el canal en múltiples subportadoras y asigna grupos de ellas a diferentes usuarios, mientras que SC-FDMA mantiene una portadora única para cada usuario, permitiendo una mejor eficiencia energética en el móvil.

Una de las claves de LTE es su ancho de banda flexible: puede funcionar con bloques de 1,4, 3, 5, 10, 15 y 20 MHz. Para alcanzar las velocidades más altas es indispensable disponer de 20 MHz contiguos, algo no siempre posible por la fragmentación del espectro. En la práctica, en países como España, las velocidades reales para el usuario suelen moverse entre 75 y 150 Mbps en las mejores condiciones, cuando el operador dispone de al menos 10 MHz en la banda utilizada.

El siguiente paso fue LTE Advanced o 4G+, con una mejora clave: Carrier Aggregation (CA). Esta técnica permite que un móvil use varios portadores LTE de distintas bandas a la vez, en lugar de elegir solo una. Si tienes cobertura en, por ejemplo, 1800 MHz con 15 MHz de ancho de banda y 2600 MHz con 20 MHz, un terminal sin CA usaría solo la celda de 20 MHz (hasta 150 Mbps teóricos). Con CA, podría sumar ambas y llegar a más de 260 Mbps teóricos, siempre que la red y el dispositivo lo soporten.

Actualmente, muchos terminales permiten agregación de hasta dos portadoras, y los estándares prevén llegar a agregaciones de hasta cinco o más, con anchos de banda combinados que pueden rondar los 100 MHz, acercándose a las velocidades de 1 Gbps en condiciones ideales.

Para hacer sitio a todo este despliegue surgió el llamado dividendo digital: la liberación de la banda de 800 MHz (790-862 MHz), antes ocupada por la TDT, para uso de 4G. Esta banda baja tiene mucha mejor propagación que frecuencias como 2600 MHz, permitiendo celdas más grandes y mejor cobertura en interiores, algo fundamental para que el 4G llegue a más zonas sin disparar los costes de infraestructura.

5G y el camino hacia el 6G: menos latencia, más inteligencia

El 5G es la quinta generación de tecnologías móviles y la sucesora de 4G. Su objetivo no es solo ofrecer más velocidad, sino habilitar servicios con requisitos extremos de latencia, fiabilidad y densidad de dispositivos, como coches conectados, robótica avanzada, realidad virtual en tiempo real o aplicaciones industriales críticas.

En laboratorio, fabricantes como Samsung o Ericsson han demostrado velocidades de varios Gbps, usando bandas de frecuencia muy altas (ondas milimétricas, entre 26 y 38 GHz). Estas bandas permiten enormes anchos de banda, pero tienen un problema importante: la señal se atenúa mucho y puede ser bloqueada por edificios, árboles o incluso la lluvia.

Para mitigar estas limitaciones se utilizan técnicas de beamforming dinámico, que ajustan en decenas de nanosegundos la forma y dirección de los haces de radio para seguir al usuario y esquivar obstáculos, reconfigurando la red prácticamente en tiempo real. Al mismo tiempo, se combinan bandas bajas y medias (como 700 MHz, 3,5 GHz) con estas bandas altas para conseguir un equilibrio entre cobertura y capacidad.

Aunque en muchos países el despliegue del 5G comercial ha generado cierta sensación de decepción entre los usuarios (las mejoras no siempre son tan espectaculares en la práctica), para la industria es un pilar clave de la transformación digital. Permite conectar de forma masiva sensores IoT, habilitar redes privadas en fábricas (Industria 4.0) y reducir latencias a milisegundos en servicios críticos.

En paralelo, los grandes fabricantes de infraestructura ya miran más allá. Empresas como Nokia están trabajando en prototipos de 6G en centros como su campus de Oulu (Finlandia), con previsiones internas que apuntan a que el estándar podría estar listo hacia 2028, antes de la fecha oficial de 2030. Allí se prueban antenas experimentales, haces de información inteligentes y redes privadas para aplicaciones de defensa, minería o industria pesada.

Un elemento diferencial de estas futuras redes será la integración profunda de la inteligencia artificial (IA) en la propia infraestructura: estaciones base con GPU (por ejemplo, de Nvidia) capaces de tomar decisiones en el borde de la red, optimizar recursos radio al vuelo y orquestar servicios de forma autónoma. La alianza de Nvidia y Nokia, con inversiones millonarias, busca precisamente esa convergencia entre redes móviles y cómputo de IA.

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Conectividad satelital directa al móvil: Starlink y el modelo Direct to Cell

Más allá de las torres terrestres, la nueva frontera es la conectividad móvil satelital que funciona con tu móvil actual, sin antenas especiales. La idea es que, si estás en una zona sin cobertura terrestre, el teléfono pueda conectar directamente con un satélite y seguir enviando mensajes, datos o incluso llamadas de voz sobre IP.

Starlink, la red de satélites de SpaceX, ha desarrollado el servicio “Direct to Cell” (D2C) precisamente con este objetivo: proporcionar cobertura LTE básica a cualquier móvil estándar, utilizando los satélites como si fueran “antenas flotando en el espacio”. Para que eso sea viable, Starlink necesita acuerdos con operadores móviles que le cedan parte de su espectro licenciado en determinadas bandas.

En Estados Unidos, este modelo se lanzó junto a T-Mobile; en Latinoamérica se ha probado con operadores como Entel Chile, y en España se ha anunciado un acuerdo pionero con MasOrange. Gracias a este acuerdo, se realizará un piloto técnico de Direct to Cell en la provincia de Valladolid, usando parte del espectro de frecuencias que ya tiene asignado el operador.

Con este despliegue, la infraestructura terrestre de MasOrange se complementará con la red satelital de Starlink. En zonas de alta montaña, áreas rurales despobladas o entornos costeros donde la cobertura móvil tradicional es limitada o inexistente, los satélites podrán asumir el rol de red de acceso, extendiendo la conectividad sin necesidad de instalar nuevas antenas.

Según datos publicados por la propia Starlink, más del 50 % de la superficie terrestre no tiene cobertura móvil. En España ese porcentaje es pequeño gracias al despliegue intensivo de los operadores, pero sigue habiendo “agujeros negros” de cobertura donde esta solución puede marcar la diferencia para emergencias, logística o actividades al aire libre.

En la práctica, los usuarios de MasOrange no tendrán que usar aplicaciones específicas ni cambiar su forma de usar el teléfono. Podrán enviar y recibir SMS, utilizar aplicaciones de mensajería como WhatsApp y acceder a Internet con ciertas limitaciones de velocidad y capacidad, siempre que tengan una vista despejada del cielo para conectar con el satélite.

¿Necesita mi móvil algo especial para conectarse a satélites?

Una de las dudas más habituales con la conectividad satelital directa al móvil es si hará falta comprar un smartphone nuevo. La respuesta, en la mayoría de los casos, es no: muchos dispositivos recientes ya están preparados para trabajar con estos estándares.

Fabricantes como Apple han introducido compatibilidad con conectividad satelital en modelos a partir del iPhone 14. En el ecosistema Android, marcas como Xiaomi o Samsung integran módems avanzados en sus gamas altas, mientras que en la familia Google Pixel, la compatibilidad empieza en modelos como el Pixel 9, según las primeras pruebas.

La clave técnica está en que el teléfono cuente con un módem que soporte el estándar 3GPP Release 17 para redes no terrestres (NTN), que define cómo debe funcionar la comunicación entre móviles y satélites en bandas de espectro móvil. Si tu smartphone es relativamente reciente, es muy probable que venga ya preparado o que solo necesite una actualización de software.

En cualquier caso, lo más sensato es consultar con el fabricante o el operador para confirmar la compatibilidad con Direct to Cell u otros servicios satelitales similares. Si tu terminal es más antiguo y no cumple con Release 17, es posible que no pueda usar este tipo de conectividad, aunque seguirá funcionando perfectamente con redes terrestres 4G y 5G.

Una vez comprobada la compatibilidad, bastará con activar la opción de redes satelitales desde el menú de conectividad del móvil, cuando el operador la habilite. A partir de ahí, el propio sistema se encargará de elegir entre antenas terrestres o satélites según la cobertura disponible en cada momento.

Conectividad móvil frente a conectividad fija y voz

Cuando hablamos de “conectividad” en general, conviene distinguir entre conectividad fija, móvil e incluso voz, porque se usan para cosas distintas y se apoyan en tecnologías diferentes, aunque cada vez estén más integradas entre sí.

La conectividad fija se basa en medios físicos (cobre, fibra óptica, cable coaxial…) y es la que tenemos en hogares, oficinas o comercios. Ofrece velocidades muy altas y gran estabilidad, ideal para conexiones que requieren mucho ancho de banda sostenido, como vídeo en alta definición, juegos online pesados o transferencia de archivos grandes. Además, es menos sensible a interferencias externas.

Por su parte, la conectividad móvil permite acceder a redes y servicios de comunicación sin cables físicos, siempre que haya cobertura celular. Se apoya en torres de telecomunicaciones, tarjetas SIM o eSIM y tecnologías como 3G, 4G LTE y 5G. Su gran ventaja es la movilidad: poder conectarte casi en cualquier sitio sin depender de una instalación fija.

La conectividad de voz engloba las tecnologías que permiten establecer comunicaciones de audio en tiempo real, desde la telefonía tradicional hasta soluciones VoIP y sistemas avanzados de call center o conferencias. Hoy, las redes móviles integran voz sobre IP (VoLTE, VoWiFi), lo que permite combinar llamadas, mensajería y vídeo sobre la misma infraestructura de datos.

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En muchas empresas se tiende a fusionar estos tres tipos de conectividad en soluciones convergentes, donde la red fija da soporte a oficinas y centros de datos, mientras la red móvil y la voz IP se orquestan para dar servicio a trabajadores remotos, flotas, sensores IoT y atención al cliente, todo gestionado desde plataformas unificadas.

Redes móviles, IoT y empresas: conectividad de extremo a extremo

Para las empresas, uno de los grandes retos actuales es conseguir conectividad de extremo a extremo en entornos remotos o en movimiento. Hablamos de plataformas petrolíferas offshore, cruceros, cadenas logísticas, flotas de vehículos o zonas rurales donde no siempre hay fibra o ADSL disponibles.

Las iniciativas de Internet de las Cosas (IoT) dependen totalmente de esa conectividad: sensores que monitorizan redes de energía, dispositivos médicos que envían datos de pacientes en remoto, equipos industriales conectados que alimentan plataformas de análisis avanzado o soluciones de Edge Intelligence.

Para responder a este panorama han ido apareciendo soluciones de conectividad móvil flexible con eSIM y capacidades IoT, que permiten conectarse a cientos de redes móviles en todo el mundo usando una única plataforma de gestión. De esta forma, una misma organización puede desplegar sensores, equipos de punto de venta, sistemas de rastreo de activos o control de cadena de frío, sin preocuparse de la SIM física de cada país.

Aplicaciones típicas incluyen el seguimiento de activos (vehículos, contenedores, maquinaria), la monitorización de temperatura y humedad en tiempo real, la gestión de flotas con datos continuos de posición y estado, o la operación de puntos de venta móviles que necesitan siempre una conexión fiable a Internet para cobrar.

En el ámbito industrial, muchos fabricantes de equipos de red operan sus propias redes privadas 5G en plantas piloto, usando estos entornos como campo de pruebas para desarrollar “recetas de fabricación” que luego venden a otros sectores. Así ensayan casos de uso de robots autónomos, vehículos guiados automáticamente, realidad aumentada para técnicos de mantenimiento o control de calidad con visión artificial.

Wi-Fi y Bluetooth: complementos imprescindibles a la red móvil

La conectividad móvil no vive aislada: convive y se complementa con tecnologías como Wi-Fi y Bluetooth, que resuelven necesidades de corto alcance o redes locales donde la cobertura celular no es la mejor opción.

Para garantizar la seguridad, las redes Wi-Fi pueden cifrar el tráfico con mecanismos como WPA2 o WPA3, que evitan que terceros puedan leer los datos que viajan por el aire. Los puntos de acceso pueden formar redes más grandes con varios BSSID bajo un mismo SSID, ampliando la cobertura sin que el usuario tenga que reconectarse manualmente.

Por otro lado, Bluetooth está pensado para comunicaciones inalámbricas de corto alcance en la banda de 2,4 GHz, con un consumo muy bajo. Se usa para conectar auriculares, wearables, periféricos y dispositivos entre sí, sin necesidad de línea de visión directa. Existen distintas clases de potencia (Clase 1, 2 y 3) que determinan el alcance, y diferentes perfiles Bluetooth que especifican el tipo de servicio (audio, archivos, control, etc.).

Bluetooth no es el sistema más seguro del mundo, especialmente en la fase de emparejamiento, donde se intercambia la información de autenticación. Sin embargo, al tratarse de un enlace de muy corto alcance y existir mecanismos de cifrado, resulta suficiente para la mayoría de usos cotidianos, siempre que el usuario adopte buenas prácticas (no dejar el dispositivo permanentemente visible, por ejemplo). Si te preocupa, consulta si es posible actualizar la versión del Bluetooth en tu móvil.

A nivel de espectro, Bluetooth divide la banda de 2,4 GHz en 79 canales de 1 MHz y emplea frequency hopping, saltando rápidamente de un canal a otro para reducir interferencias con otros dispositivos. Este “salto de frecuencia” es clave para convivir con Wi-Fi y otras tecnologías que comparten esa misma banda.

El desarrollo de aplicaciones móviles puede apoyarse en APIs del sistema operativo, como WifiManager y WifiInfo en Android, para obtener información detallada de la red Wi-Fi a la que está conectado el dispositivo (SSID, BSSID, nivel de señal, velocidad de enlace, dirección IP, etc.), siempre que se cuente con los permisos adecuados.

En conjunto, Wi-Fi y Bluetooth complementan a la red móvil ofreciendo conectividad local de alta velocidad (Wi-Fi) y enlaces de bajo consumo y corto alcance (Bluetooth), lo que permite construir experiencias de usuario ricas y flexibles, desde hogares inteligentes hasta entornos industriales.

Mirando todo este recorrido, desde el 1G analógico hasta las pruebas del 6G, la conectividad móvil se revela como un ecosistema en constante evolución donde convergen redes terrestres y satelitales, inteligencia artificial, IoT, Wi-Fi, Bluetooth y modelos de negocio colaborativos entre operadores, fabricantes de infraestructura y gigantes tecnológicos; entender sus piezas y cómo encajan no solo ayuda a aprovechar mejor las tecnologías actuales, sino también a anticiparse al enorme potencial de un futuro cada vez más conectado y, sobre todo, más dependiente de redes móviles inteligentes y ubicuas.

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