500 millones de ordenadores se resisten a actualizar a Windows 11

Última actualización: 28/11/2025
Autor: Isaac
  • Cerca de 500 millones de PCs compatibles siguen en Windows 10 pese al fin del soporte oficial.
  • Otros 500 millones de equipos, de más de cuatro años, no cumplen los requisitos para ejecutar Windows 11.
  • En España, alrededor de la mitad de los ordenadores de sobremesa continúa usando Windows 10.
  • La transición lenta abre riesgos de seguridad y problemas de obsolescencia y residuos electrónicos.

Ordenadores con Windows 10 y Windows 11

El final del soporte de Windows 10 no ha provocado la estampida hacia Windows 11 que Microsoft esperaba. A día de hoy, se calcula que unos 500 millones de ordenadores compatibles con la última versión del sistema operativo siguen sin actualizarse a Windows 11 y continúan funcionando con un software ya obsoleto. Para quienes dudan entre conservar su instalación o dar el salto, una guía sobre actualizarse a Windows 11 puede ayudar a decidir.

Este enorme bloque de equipos se suma a otro grupo de aproximadamente 500 millones de ordenadores que directamente no pueden ejecutar Windows 11 por limitaciones de hardware. Entre la resistencia al cambio y la incompatibilidad técnica, cerca de mil millones de PCs se han quedado atascados en Windows 10, a pesar de que el soporte oficial terminó el pasado 14 de octubre.

Fin del soporte de Windows 10: qué ha cambiado realmente

Desde el 14 de octubre, Microsoft dejó de ofrecer actualizaciones de seguridad, parches de software y asistencia técnica para Windows 10 en su ciclo estándar. Eso significa que los equipos que siguen usando este sistema operativo continúan funcionando, pero se vuelven progresivamente más vulnerables a virus, troyanos y otras amenazas que puedan aprovechar fallos no corregidos.

En la práctica, muchos usuarios y empresas han optado por ignorar los avisos de actualización o posponer la migración. Algunos lo hacen por costumbre —Windows 10 les parece estable y suficiente— y otros porque no quieren complicarse con un cambio de sistema que perciben como innecesario o arriesgado para su trabajo diario. La problemática de avisos de actualización inoportunos influye en esa decisión.

Conviene recordar que, aunque el sistema siga arrancando con normalidad, un Windows 10 sin soporte se convierte poco a poco en un blanco más fácil para ciberataques. Este riesgo es especialmente delicado en entornos empresariales y administraciones públicas, donde un incidente de seguridad puede tener consecuencias serias.

Para ciertos clientes empresariales existen programas específicos de soporte ampliado, pero para el usuario doméstico medio la realidad es sencilla: su PC con Windows 10 ya no recibe protección estándar, aunque Microsoft siga centrando sus esfuerzos en empujar la adopción de Windows 11 y los nuevos equipos con funciones de inteligencia artificial.

Los 500 millones que pueden actualizar y no quieren

Usuarios que no actualizan a Windows 11

El dato que más preocupa a la industria es que hay unos 500 millones de ordenadores que sí cumplen los requisitos de Windows 11 pero sus propietarios han decidido seguir con Windows 10. La cifra procede de Jeffrey Clarke, director de Operaciones de Dell, que desgranó este escenario durante la presentación de los resultados financieros del tercer trimestre.

Clarke explicó que, dentro de una base instalada de aproximadamente 1.500 millones de PCs con Windows en todo el mundo, un tercio largo se mantiene en una versión sin soporte a pesar de que podría dar el salto. Esta resistencia voluntaria se traduce en una adopción mucho más lenta de Windows 11 de lo que ocurrió con su predecesor.

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Según los cálculos del directivo, la penetración de Windows 11 está entre 10 y 12 puntos por debajo de la que logró Windows 10 en el mismo punto de su ciclo de vida. Es decir, la transición actual va claramente por detrás del ritmo que Microsoft consiguió hace una década, cuando el cambio desde versiones anteriores fue más ágil.

Entre los motivos, se mezclan varios factores: hay usuarios que consideran que Windows 10 es suficiente para su día a día, otros desconfían de posibles problemas de rendimiento o compatibilidad, y muchos simplemente no ven ventajas claras en dar el salto, más allá de una interfaz diferente y algunas funciones nuevas que no perciben como imprescindibles.

Otros 500 millones bloqueados por el hardware

A ese medio millar de millones de equipos compatibles que se resisten se suman otros 500 millones de ordenadores con más de cuatro años de antigüedad que no pueden ejecutar Windows 11 por no cumplir los requisitos mínimos. En muchos casos estos equipos arrojan errores o incompatibilidades que requieren soluciones específicas, como se explica en guías para resolver errores de instalación.

La principal barrera viene marcada por requisitos como la presencia de TPM 2.0 y determinados procesadores relativamente recientes. En la práctica, muchos ordenadores que siguen funcionando correctamente para tareas ofimáticas, navegación web o incluso trabajos profesionales quedan fuera de la actualización oficial.

Esta decisión ha generado bastante malestar entre usuarios avanzados y administradores de sistemas, que ven cómo un hardware todavía útil se queda sin la posibilidad oficial de dar el salto. Algunos han optado por métodos alternativos para instalar Windows 11 en equipos no soportados, mientras que otros prefieren seguir con Windows 10 hasta que ya no sea viable o plantearse sistemas alternativos como Linux.

El resultado es una enorme fragmentación del parque informático: una parte de los usuarios no puede actualizar aunque quiera, otra parte no quiere actualizar aunque pueda, y un tercer grupo está ya en Windows 11. Para Microsoft, coordinar esta transición y mantener la seguridad de un ecosistema tan diverso se ha convertido en un reto de primer orden.

Desde el punto de vista de fabricantes como Dell, esta situación supone un “atasco” que, a medio plazo, podría traducirse en ventas. En teoría, todos esos equipos bloqueados por el hardware se convertirán en potenciales compras de nuevos PCs, especialmente con la llegada de los llamados AI PC y los portátiles con capacidades avanzadas de inteligencia artificial.

España y Europa: mucha fidelidad a Windows 10

Si aterrizamos los datos en nuestro entorno, la foto en España y Europa tampoco indica una migración masiva. Distintas mediciones basadas en servicios de analítica web, como StatCounter, muestran que alrededor de la mitad de los ordenadores de sobremesa en España siguen usando Windows 10, mientras que Windows 11 se mueve claramente en una posición secundaria.

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Dependiendo del mes y la fuente, se estima que Windows 11 ronda un tercio de la cuota dentro del ecosistema Windows a nivel global, pero en España su implantación es más baja. En otras palabras, de cada 10 PCs con sistema de Microsoft en nuestro país, aproximadamente 5 continúan con Windows 10, 3 o menos han dado el salto a Windows 11 y el resto se reparte entre versiones más antiguas o alternativas.

Este comportamiento tiene cierta lógica si se tienen en cuenta factores como el coste de renovar el equipo, la crisis de precios que han vivido los componentes en los últimos años y la sensación generalizada de que “si el ordenador va bien, para qué tocarlo”. En muchas pymes y hogares, la prioridad es exprimir al máximo el hardware actual.

En buena parte de Europa occidental la situación es similar: la curva de adopción de Windows 11 avanza, pero a un ritmo moderado, lejos de la transición relativamente rápida que se vivió en su día con Windows 10. Países con un mayor peso del sector corporativo y renovaciones más planificadas muestran algo más de dinamismo, pero el grueso del parque sigue anclado en la versión anterior.

Esta lentitud en la actualización deja a millones de ordenadores europeos expuestos a los mismos riesgos de seguridad que el resto del mundo. Los organismos reguladores y las agencias de ciberseguridad llevan tiempo advirtiendo de la necesidad de mantener sistemas actualizados, pero la realidad económica y la inercia tecnológica pesan mucho en la decisión final de usuarios y empresas.

Oportunidad de negocio… y montaña de residuos electrónicos

Para la industria del PC, esta gigantesca base de equipos sin actualizar se percibe como una oportunidad comercial. El propio Jeffrey Clarke hablaba de “ricas oportunidades” para impulsar la sustitución de ordenadores Windows 10 por dispositivos modernos con Windows 11 y capacidades de inteligencia artificial integradas.

Sin embargo, el otro lado de la moneda es el impacto medioambiental. Diversos análisis independientes advierten de que la imposibilidad de actualizar una parte importante del parque podría traducirse en una oleada de residuos electrónicos sin precedentes. Un estudio de Canalys, por ejemplo, calculaba que la obsolescencia acelerada asociada al fin de Windows 10 podría generar cientos de miles de toneladas de desechos equivalentes a cientos de miles de coches.

Esta situación tensiona también el discurso oficial de las grandes tecnológicas. Organizaciones como los Grupos de Investigación de Interés Público han señalado que decisiones como limitar de forma tan estricta los requisitos de hardware chocan con los objetivos ambientales que compañías como Microsoft aseguran perseguir.

Más allá de los debates sobre sostenibilidad, el panorama económico tampoco es tan optimista como podría parecer para los fabricantes. Aunque vean en ese billón de PCs desactualizados una futura fuente de ventas, las propias previsiones de Dell apuntan a que el mercado de PC se mantendrá prácticamente plano

Es decir, la necesidad técnica y de seguridad está ahí, pero la demanda real se mueve despacio. Los usuarios domésticos aguantan sus equipos mientras funcionen, muchas empresas estiran sus ciclos de renovación al máximo y solo ciertos segmentos —como grandes corporaciones o instituciones con políticas de ciberseguridad más estrictas— están acelerando el reemplazo de sus ordenadores.

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Un Windows 11 que no termina de convencer

En paralelo a los factores económicos y de hardware, hay otro elemento que explica por qué 500 millones de ordenadores compatibles no se actualizan: Windows 11 no ha conquistado del todo a los usuarios. Aunque introduce mejoras visuales y funciones nuevas, una parte de la comunidad percibe el cambio como más cosmético que esencial.

Algunos usuarios se quejan de que el sistema consume más recursos que Windows 10, lo que en equipos ajustados puede traducirse en una experiencia menos fluida. La propia compañía ha tenido que abordar distintos problemas de rendimiento y compatibilidad a través de actualizaciones, lo que tampoco ayuda a generar confianza en quienes dudan si dar el salto.

Además, la apuesta por integrar funciones de inteligencia artificial como Copilot o características avanzadas de análisis ha generado reacciones encontradas. Mientras que para ciertos perfiles profesionales pueden ser una ayuda, para otros levantan dudas en materia de privacidad y un cierto rechazo, sobre todo cuando se percibe que estas funciones se empujan de forma muy agresiva.

La combinación de requisitos estrictos, percepción de mayor consumo de recursos y un enfoque muy orientado a la IA hace que no pocos usuarios vean Windows 11 como un salto poco atractivo. Al final, muchos piensan que si su Windows 10 es estable, compatible con sus programas y relativamente seguro —al menos a corto plazo—, no merece la pena cambiar hasta que no haya más remedio.

Al mismo tiempo, en determinados nichos está creciendo el interés por alternativas como Linux, especialmente entre quienes tienen equipos que ya no cumplen los requisitos oficiales de Windows 11 pero todavía son perfectamente válidos para un uso cotidiano. Aunque se trata de una minoría en términos globales, es un síntoma de que una parte de la base de usuarios se plantea caminos distintos a los que marca Microsoft.

Con todo este contexto, el hecho de que medio millar de millones de PCs totalmente compatibles se queden en Windows 10 no es solo una cuestión de pereza: es el resultado de una mezcla compleja de decisiones técnicas, económicas y de percepción del producto. Mientras tanto, otros 500 millones de ordenadores quedan fuera del juego por puras limitaciones de hardware, configurando un escenario en el que la actualización a Windows 11 avanza, pero a un ritmo mucho más lento y accidentado de lo que la industria esperaba.

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