Consejos clave para hacer un informe de auditoría de seguridad

Última actualización: 27/02/2026
Autor: Isaac
  • Una auditoría de seguridad eficaz requiere revisar políticas, controles técnicos, gestión de riesgos y respuesta a incidentes, y plasmarlo todo en un informe claro.
  • El informe debe combinar rigor técnico con lenguaje accesible, incluir un resumen ejecutivo y recomendaciones priorizadas y accionables.
  • Adaptar el informe a su audiencia (dirección, reguladores, clientes o equipos técnicos) aumenta su impacto y facilita que se ejecuten las mejoras.
  • Una buena pista de auditoría y una gestión madura del riesgo convierten el informe en una herramienta estratégica para reforzar la ciberseguridad y la confianza.

informe de auditoría de seguridad

En los últimos años los ciberataques se han disparado y las empresas se enfrentan a miles de intentos de intrusión cada semana. Ransomware, phishing, DDoS, fugas de datos internas… el panorama es cada vez más complejo y cualquier error en la gestión de la seguridad puede salir muy caro, tanto en dinero como en reputación.

En este contexto, los informes de auditoría de seguridad dejan de ser un simple trámite para convertirse en una herramienta estratégica que demuestra si tu ciberdefensa está realmente a la altura. No basta con “tener medidas de seguridad”: hay que revisarlas, medirlas, documentarlas y explicarlas con claridad en un informe entendible para dirección, responsables técnicos, clientes y, en muchos casos, reguladores.

Qué es una auditoría de seguridad y qué papel juega el informe

Cuando hablamos de auditoría de seguridad de la información nos referimos a un proceso sistemático en el que se evalúan de arriba abajo sistemas, redes, aplicaciones, procesos y personas para comprobar si los controles implantados funcionan, si hay vulnerabilidades abiertas y si se cumple con las normativas y estándares aplicables (RGPD, ISO 27001, PCI DSS, etc.).

La auditoría no se queda en un simple checklist: el auditor revisa políticas, procedimientos, infraestructura técnica, registros, incidentes previos y respuesta de la organización. Puede incluir entrevistas, revisión documental, análisis de configuraciones, escaneos de vulnerabilidades y pruebas de penetración, así como la evaluación de la seguridad física de las instalaciones.

Todo ese trabajo cristaliza en un documento clave: el informe de auditoría de seguridad. No es una mera recopilación de datos técnicos, sino una pieza formal que recoge el alcance, la metodología, los hallazgos, la valoración de riesgos y una batería de recomendaciones priorizadas. De cómo esté redactado depende que las conclusiones se entiendan, se tomen en serio y se ejecuten.

Conviene distinguir bien entre una evaluación interna informal (más flexible, orientada a mejorar) y una auditoría en sentido estricto, normalmente más formal, objetiva y muchas veces realizada por un tercero independiente para reducir sesgos y asegurar imparcialidad.

Importancia de las auditorías de seguridad y del informe resultante

Las auditorías periódicas permiten detectar fallos de seguridad antes de que los exploten los atacantes. Un estudio tras otro demuestra que las brechas de datos salen muy caras: costes directos de recuperación, sanciones regulatorias, pérdida de clientes, litigios… Identificar a tiempo una mala configuración, un sistema sin parches o un proceso sin control es muchísimo más barato que gestionar una intrusión real.

Además, las auditorías son una pieza central para cumplir con leyes y estándares como el RGPD, HIPAA, ISO/IEC 27001, NIST u otros marcos sectoriales. Estas normas exigen demostrar diligencia: tener políticas, seguir procedimientos, registrar evidencias y corregir desviaciones. Un informe de auditoría bien elaborado es una de las pruebas más sólidas de que la organización hace los deberes.

Otro punto a menudo infravalorado es la confianza que genera un informe claro y serio ante clientes, socios, comités de dirección o potenciales inversores. Mostrar que se ha pasado por una revisión independiente, que se conocen las debilidades y que existe un plan de acción, refuerza la imagen de empresa madura y responsable en materia de seguridad.

Por último, el informe de auditoría sirve como herramienta de diagnóstico y hoja de ruta: marca prioridades, señala brechas de control, identifica riesgos críticos y ayuda a planificar inversiones en tecnología, formación y mejora de procesos con criterio y datos objetivos.

Seguridad de la información en la organización: contexto del informe

Para redactar un buen informe de auditoría hay que tener claro que la seguridad de la información no es solo cosa del departamento de TI: es un marco transversal que afecta a datos, procesos, personas y tecnología. El informe debe reflejar esa visión global.

Uno de los ejes principales es la protección de la información sensible: datos personales de clientes y empleados, registros financieros, propiedad intelectual, información confidencial de negocio, etc. El informe debe dejar claro si hay cifrado adecuado, controles de acceso robustos, segmentación de redes y procedimientos claros para el tratamiento de datos.

También es clave plasmar cómo se asegura el cumplimiento normativo. Aquí entran en juego el RGPD y otras regulaciones, así como los marcos de referencia adoptados (ISO 27001, NIST, CIS Controls…). El informe debe indicar no solo si se cumplen o no, sino cómo se interpreta cada requisito y qué evidencias se han revisado.

Otro bloque fundamental es la continuidad de negocio: el informe ha de valorar si existen planes de respuesta a incidentes, copias de seguridad fiables y procedimientos de recuperación que permitan volver a un nivel de actividad aceptable tras un ataque, un fallo técnico grave o un desastre físico. Es clave comprobar que existen copias de seguridad fiables y probadas.

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Finalmente, la auditoría y su informe tienen un impacto directo en la reputación de la marca. Cualquier brecha mal gestionada puede aparecer en prensa y redes sociales en cuestión de horas; demostrar que se dispone de controles y que estos se revisan con rigor es una buena forma de proteger la imagen corporativa.

Tipos de auditorías de seguridad y cómo condicionan el informe

El tipo de auditoría realizada influye muchísimo en el tono, la profundidad y el nivel de detalle del informe final. No es lo mismo un ejercicio interno recurrente que una auditoría formal para un regulador o un gran cliente.

Las auditorías internas suelen estar ejecutadas por el propio equipo de auditoría interna o por el área de seguridad. Tienen la ventaja de que conocen bien la casa, entienden los procesos al detalle y pueden permitirse ser más didácticas y orientadas a la mejora continua. El informe interno suele profundizar mucho en causas raíz y en recomendaciones prácticas.

Las auditorías externas, realizadas por una firma especializada o un organismo regulador, aportan una mirada independiente, menos condicionada por la cultura interna. El informe externo acostumbra a usar un lenguaje más formal, referencia explícita a controles de un marco concreto y un apartado bien claro de opiniones y conclusiones, ya que muchas veces servirá como documento contractual o regulatorio.

Por otro lado, hay auditorías centradas en terceros y proveedores. En este caso, el informe suele valorar la seguridad de un servicio externo (por ejemplo, una plataforma cloud o un proveedor de software) y cómo afecta a los riesgos de la organización. Es habitual que estos informes incluyan simulaciones de ataque o revisión exhaustiva de la superficie expuesta.

En la práctica, una misma empresa puede generar varias versiones de un informe sobre la misma auditoría: una muy técnica, otra ejecutiva, otra adaptada a un marco de cumplimiento concreto… La clave es modular el enfoque sin perder coherencia ni ocultar información relevante.

Componentes clave de una auditoría de seguridad reflejados en el informe

Para que el informe sea completo, tiene que cubrir ciertos bloques mínimos que suelen repetirse en todos los marcos de buenas prácticas de auditoría de seguridad.

En primer lugar están las políticas y procedimientos. El auditor revisa si existen documentos formales sobre gestión de accesos, uso aceptable, tratamiento de datos, respuesta a incidentes, continuidad de negocio, etc., si están actualizados, si se comunican al personal y si de verdad se aplican en el día a día. El informe debe indicar para cada política y procedimiento si es adecuada, insuficiente o inexistente.

En segundo lugar encontramos los controles técnicos: firewalls, IDS/IPS, sistemas de protección de endpoints, mecanismos de cifrado, soluciones de gestión de vulnerabilidades, sistemas de monitorización, autenticación multifactor, segmentación de redes y un largo etcétera. El informe ha de describir qué hay implantado, cómo está configurado y qué debilidades se han detectado; por ejemplo, la segmentación de redes y su configuración merecen una revisión técnica detallada.

Otro componente crítico es la gestión de riesgos. El auditor analiza si la organización identifica, valora y trata los riesgos de forma sistemática, si mantiene un inventario de activos, si calcula impactos y probabilidades, y si prioriza controles en función de esos análisis. En el informe esto se suele traducir en tablas de riesgos, mapas de calor y listas de acciones recomendadas; es habitual complementar ese trabajo con informes específicos como informes de permisos y ACL para acotar la superficie de riesgo.

No puede faltar una sección sobre preparación y respuesta ante incidentes: existencia de un plan formal, roles definidos, procedimientos de comunicación interna y externa, ejercicios de simulación, lecciones aprendidas de incidentes pasados… El informe debe dejar claro si la organización está en condiciones de reaccionar rápido y bien.

Por último, suele incluirse una parte de gobernanza y formación: quién decide en materia de seguridad, qué comités existen, cómo se reporta a la dirección y qué programas de concienciación se imparten a los empleados. El factor humano es un vector de riesgo tan grande que merece su propio espacio en el informe.

Pasos de la auditoría y su traducción en un informe sólido

Aunque cada organización adapte el proceso a su realidad, la mayoría de auditorías siguen una secuencia bastante parecida que después se ve reflejada en la estructura del informe.

Todo comienza con una evaluación preliminar donde se recopila información básica: entorno tecnológico, procesos críticos, incidentes recientes, principales activos a proteger y normativa aplicable. De ahí se define el alcance, que luego se explicará en las primeras páginas del informe.

Después se elabora un plan de auditoría: qué sistemas se revisarán, qué pruebas se ejecutarán, quién será entrevistado, qué documentos se pedirán y en qué plazos. Esta planificación suele quedar resumida en el informe en un apartado de metodología, indicando también los marcos usados como referencia (por ejemplo, ISO 27001 o NIST SP 800-53).

A continuación llega la fase de trabajo de campo o revisión. Aquí se analizan configuraciones, se revisan logs, se ejecutan escáneres de vulnerabilidades, se realizan pruebas de penetración, se inspeccionan controles físicos, se revisan copias de seguridad y se contrasta todo con lo que dicen las políticas. En el informe esta parte se materializa como hallazgos detallados, con evidencias y ejemplos concretos.

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Con los hallazgos ya clasificados, el auditor los ordena por criticidad y riesgo. Es habitual que el informe agrupe los resultados en altos, medios y bajos, o que asocie cada hallazgo a un riesgo específico, indicando impacto y probabilidad. Aquí es donde el documento empieza a tomar forma estratégica y no solo técnica.

Finalmente, se redacta el informe de auditoría de seguridad como tal y se presenta a las partes interesadas. En esa presentación, que también conviene preparar, se suelen explicar las conclusiones clave, resolver dudas y acordar un plan de acción con plazos y responsables, que quedará reflejado en el propio informe o en anexos.

Cómo prepararse para la auditoría y facilitar la redacción del informe

Una buena preparación previa no solo mejora el resultado de la auditoría, sino que hace que el informe final sea más claro, menos traumático y con menos sorpresas desagradables. La idea es llegar al inicio de la auditoría con los deberes básicos hechos.

Lo primero es revisar y actualizar todas las políticas y procedimientos de seguridad. Si hay documentos que no se tocan desde hace años, que hablan de tecnologías que ya no existen o que nadie sigue, es preferible ponerlos al día antes de que el auditor los ponga en evidencia. También hay que comprobar que están alineados con las normas que se quieren cumplir.

Otro paso recomendable es realizar una auto-evaluación o preauditoría interna. Escanear redes y sistemas, comprobar versiones y parches, revisar perfiles de acceso, validar que las copias de seguridad funcionan y corregir lo más grave antes de que llegue la auditoría oficial. Esto no es maquillar, sino reducir riesgos obvios.

Resulta fundamental preparar bien la evidencia documental: registros de acceso, informes de incidentes, resultados de escáneres anteriores, actas de comités de seguridad, registros de formación, inventarios de activos, contratos con proveedores críticos, etc. Cuanto más organizado esté todo, más fácil será para el auditor entender y reflejar en el informe cómo trabajáis.

Por último, hay que asegurar una buena comunicación con las partes interesadas. Que los responsables de TI, negocio, RRHH, legal y otras áreas sepan que habrá una auditoría, qué se espera de ellos y cómo se les puede requerir información. Así se evitan bloqueos de última hora que luego acaban mencionados en el informe como limitaciones al alcance.

Buenas prácticas para redactar un informe de auditoría de seguridad eficaz

Una vez realizada la auditoría, llega lo que muchas veces más cuesta: plasmar todo en un informe que no sea un ladrillo ilegible. Aquí entran en juego tanto el fondo como la forma, y conviene seguir ciertas buenas prácticas de redacción técnica.

En primer lugar, el informe debe incluir un resumen ejecutivo breve y directo al principio, redactado en lenguaje no técnico, donde se expongan los hallazgos clave, el nivel de riesgo general y las acciones prioritarias. Esta parte es la que leerá la alta dirección, así que tiene que ir al grano y evitar jerga innecesaria.

Es muy útil estructurar el cuerpo del informe en secciones lógicas y bien señalizadas: alcance, metodología, contexto de la organización, hallazgos por dominio (gobernanza, red, aplicaciones, física, etc.), riesgos, recomendaciones y anexos técnicos. Un índice al principio ayuda muchísimo cuando el documento es largo.

Otro aspecto clave es la visualización de datos. Siempre que sea posible, conviene apoyar las conclusiones con tablas, gráficos, matrices de riesgos y mapas de calor que permitan entender de un vistazo dónde están los puntos más débiles. Esto facilita tanto la toma de decisiones como la explicación a terceros.

Las recomendaciones deben ser claras, accionables y priorizadas. No sirve de nada decir “mejorar la seguridad de la red” sin más; hay que indicar qué control implantar, qué estándar seguir, qué plazo es razonable y qué impacto tiene en el riesgo. Esto convierte el informe en un verdadero plan de acción y no en una simple fotografía del momento.

Finalmente, la edición y revisión son tan importantes como la redacción original: un informe de auditoría debe estar libre de errores de forma, incoherencias y ambigüedades. Lo ideal es que lo revisen tanto perfiles técnicos como no técnicos, para asegurar que se entiende desde ambos ángulos.

Checklist y contenidos mínimos que no pueden faltar en el informe

Para no dejarse nada importante, muchos equipos utilizan una lista de verificación de contenidos que el informe debe cubrir. Aunque cada organización la adapta, hay elementos que suelen estar presentes en todas.

En el área de gobernanza y política, el informe debería recoger si la empresa dispone de políticas formales de seguridad, si se imparte formación periódica y si existe un plan documentado de respuesta a incidentes y brechas de datos, con responsabilidades y flujos de comunicación claros. También es útil incluir recomendaciones prácticas sobre medidas como formación periódica y control de dispositivos personales.

En cuanto a la gestión de activos, el documento ha de indicar si hay un inventario actualizado de hardware, software y datos críticos, si se aplica control de acceso basado en roles (RBAC) y si se revisan regularmente permisos y cuentas privilegiadas para evitar acumulación de derechos innecesarios.

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La sección de red y sistemas debería abordar cuestiones como la configuración de cortafuegos, la existencia de sistemas de detección de intrusiones, la segmentación de redes, la actualización de sistemas operativos y aplicaciones con parches de seguridad y el uso de soluciones antimalware y de monitorización.

En la parte de protección de datos, el informe tiene que dejar claro si los datos sensibles están cifrados en tránsito y en reposo, si existen copias de seguridad automáticas en ubicaciones seguras, cuánto tiempo se retienen y si se han probado los procedimientos de restauración.

No hay que olvidar el contexto de cumplimiento normativo: el informe debería mapear los hallazgos y controles frente a las normas o marcos que se quieran acreditar (por ejemplo, cómo se cumplen determinados artículos del RGPD o controles específicos de ISO 27001), ya que esto suele ser lo que mirarán los reguladores o clientes exigentes.

Adaptar el informe de auditoría a la audiencia y al objetivo

Un mismo trabajo de auditoría puede dar lugar a informes muy distintos en forma y enfoque según quién vaya a leerlos y con qué propósito. Diseñar bien la versión adecuada para cada público es clave para que el esfuerzo no caiga en saco roto.

Si el informe está orientado a cumplimiento o certificación, habrá que utilizar el lenguaje y la estructura del marco en cuestión: hablar de “controles y dominios” en ISO 27001, de “prácticas y niveles” en CMMC, de “familias de requisitos” en NIST 800-171, etc. Aquí pesan mucho las referencias cruzadas y la trazabilidad entre hallazgos y controles normativos.

En cambio, si el objetivo principal es convencer a un cliente o socio de que puede confiar sus datos a la empresa, puede tener más sentido una versión menos densa, con menos jerga y más foco en fortalezas, medidas concretas implantadas y capacidad de respuesta, sin dejar de ser honestos sobre los riesgos y las acciones en curso.

Para la alta dirección y los comités, lo más habitual es preparar un informe ejecutivo de pocas páginas que resuma conclusiones, riesgos críticos, estimaciones de impacto económico y presupuesto aproximado de mitigación. Este documento puede acompañarse del informe técnico completo como anexo para quienes necesiten los detalles.

En algunas organizaciones, sobre todo grandes grupos, se crea también una versión interna operativa, muy detallada, pensada para los equipos de TI y seguridad que tendrán que ejecutar el plan de acción. En ella se incluyen descripciones técnicas extensas, evidencias, configuraciones recomendadas y referencias a herramientas específicas.

En todos los casos, el denominador común debe ser la coherencia: no puede haber contradicciones ni omisiones deliberadas entre versiones. Lo que cambia es el nivel de detalle y el estilo de presentación, pero los hechos y riesgos tienen que ser los mismos.

Gestión de riesgos, vulnerabilidades y pista de auditoría

Uno de los elementos que más peso tiene en cualquier informe de auditoría de seguridad es cómo la organización identifica, evalúa y gestiona riesgos y vulnerabilidades. Ninguna empresa está libre de riesgos; la cuestión es si los conoce y los administra con criterio.

En el informe deberían aparecer las principales amenazas y vulnerabilidades detectadas: desde fallos básicos de configuración de firewall, pasando por cuentas con privilegios excesivos, hasta vulnerabilidades conocidas (CVE) sin parchear o procesos de cambio mal controlados. También deben recogerse las pruebas realizadas (pruebas de penetración, análisis de código, escaneos automáticos, etc.).

Otra pieza esencial es la pista de auditoría, es decir, el conjunto de evidencias documentales que demuestran que se hacen las cosas como se dice: políticas firmadas, registros de acciones correctivas de años anteriores, evidencias de cumplimiento de requisitos regulatorios, informes de riesgo, organigramas de TI, listas de cuentas de usuario, inventario de datos sensibles y controles internos.

El informe debería explicar si esa pista de auditoría es sólida, completa y bien organizada o si, por el contrario, hay lagunas de documentación que dificultan demostrar la diligencia debida. Este punto es especialmente relevante en sectores regulados y de cara a inspecciones oficiales.

Por último, la gestión de riesgos cibernéticos no se evalúa solo en abstracto: el informe suele plantear escenarios tipo (“qué pasaría si mañana sufriéramos un ataque X”) y valorar la capacidad real de la organización para detectarlo, contenerlo y recuperarse, con especial atención a tecnología obsoleta, procesos demasiado rígidos o falta de recursos.

Lograr que un informe de auditoría de seguridad sea realmente útil implica combinar rigurosidad técnica, visión de negocio y una redacción clara y honesta. Cuando el documento describe bien el contexto, detalla sin rodeos las debilidades, propone soluciones realistas y está adaptado a quienes deben leerlo, se convierte en una palanca poderosa para reforzar la ciberseguridad, cumplir con las normas y proteger la confianza de clientes y empleados durante mucho tiempo.

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