Qué es el malware Wipers y cómo se defienden las empresas

Última actualización: 11/05/2026
Autor: Isaac
  • El malware wiper es una amenaza destructiva cuyo objetivo es borrar datos y sistemas sin opción de recuperación.
  • Los ataques wiper se han usado en guerras cibernéticas y contra infraestructuras críticas, causando graves impactos operativos y económicos.
  • Su funcionamiento combina infección inicial, movimiento lateral, destrucción de archivos o MBR y eliminación de evidencias.
  • La mejor defensa pasa por copias de seguridad aisladas, segmentación de red, protección avanzada y un plan sólido de respuesta a incidentes.

malware wiper borrado de datos

En el panorama actual de la ciberseguridad y la seguridad informática empresarial, los ataques de malware wiper se han convertido en uno de los escenarios más temidos por cualquier organización. No hablamos de un secuestro de datos como en el ransomware, sino de algo mucho más radical: borrar información crítica de forma permanente, dejando servidores, equipos y sistemas completamente inservibles en cuestión de minutos.

Aunque este tipo de amenazas no es tan frecuente como otros ataques más orientados al lucro, como el robo de credenciales o el cifrado de datos, su capacidad destructiva y su uso en conflictos geopolíticos los ha puesto en el foco de empresas, gobiernos y expertos en seguridad. Entender cómo funcionan, por qué se utilizan y qué se puede hacer para mitigarlos es clave para cualquier organización que dependa de sus sistemas digitales, es decir, prácticamente todas.

¿Qué es el malware wiper?

Un malware wiper (o «limpiador», «borrador») es un tipo de programa malicioso diseñado específicamente para eliminar o inutilizar datos almacenados en un sistema. A diferencia del ransomware, cuyo objetivo principal es extorsionar a la víctima, el propósito del wiper es destruir información sin ofrecer opción de recuperación, ni siquiera pagando un rescate.

La destrucción puede ir desde borrar archivos concretos hasta corromper bases de datos enteras o dañar componentes críticos como el MBR o la MFT del disco. En ataques graves, el resultado es que el sistema no arranca y la información queda irreconocible para el sistema operativo y, a menudo, también para las herramientas de recuperación.

Este tipo de malware se ha asociado históricamente a operaciones de sabotaje, ciberespionaje y guerra cibernética. Mientras la mayor parte del malware moderno pertenece a la categoría «crimeware» (robo de dinero, datos o recursos), los wipers forman parte de un grupo mucho más reducido de código malicioso puramente destructivo, utilizado a menudo por actores estatales o grupos muy sofisticados.

En los últimos años, y especialmente desde mediados de la década de 2010, se ha observado un repunte notable del uso de wipers, con ataques mediáticos contra compañías energéticas, infraestructuras críticas y organizaciones en países inmersos en conflictos, como Ucrania.

El auge de los wipers y su papel en la guerra cibernética

Durante mucho tiempo, los wipers fueron una rareza, entre otras cosas porque no generan un retorno económico directo. Sin embargo, su uso ha crecido con la consolidación de la guerra cibernética como herramienta política y militar. Los estados nación y grupos patrocinados han visto en este tipo de malware una forma eficaz de causar daños masivos y enviar mensajes de poder.

En 2022 se observó un aumento muy acusado en el uso de malware de borrado de disco. Investigaciones como las de Fortinet indicaron un crecimiento superior al 50 % en el empleo de este tipo de cargas destructivas entre el tercer y cuarto trimestre del año. Buena parte de ese incremento estuvo relacionado con la invasión rusa de Ucrania, donde se desplegaron múltiples familias de wiper contra organismos gubernamentales, empresas y operadores de infraestructuras críticas.

En el contexto ucraniano, se identificaron variantes como HermeticWiper, CaddyWiper, IsaacWiper o FoxBlade, muchas de ellas sin relación directa entre sí, lo que sugiere la participación de diversos grupos con apoyo estatal. Paralelamente, se detectaron campañas en las que los wipers se combinaron con malware industrial, como las variantes de Industroyer, para afectar redes eléctricas y otros sistemas de control industrial.

Este auge no se limita a Ucrania. A lo largo de la última década, los wipers han estado presentes en conflictos y operaciones encubiertas en Oriente Medio, Corea, Europa y grandes empresas occidentales. Aunque para la mayoría de pymes siguen siendo una amenaza menos probable que el ransomware, su impacto potencial es tan elevado que resulta imprescindible tenerlos en cuenta en cualquier estrategia de ciberresiliencia.

Historia y ejemplos destacados de ataques wiper

La historia de los wipers ayuda a comprender cómo han evolucionado estas amenazas y hasta qué punto pueden paralizar organizaciones enteras. Algunos de los casos más significativos son auténticos puntos de inflexión en la ciberseguridad moderna.

Wiper original en Irán: a principios de la década de 2010 se reportó un malware apodado «Wiper» que atacó compañías petroleras iraníes. Era tan eficaz que se autodestruyó tras cumplir su misión, eliminando prácticamente cualquier rastro de su código. Kaspersky Lab recibió discos duros dañados para analizarlos, pero nunca se halló una muestra funcional del malware. Solo se encontraron indicios de otro código avanzado, conocido como Flame. Este primer Wiper se convirtió en la referencia para futuras familias de malware destructivo.

Shamoon (2012 y 2016): probablemente uno de los wipers más famosos, dirigido inicialmente contra la petrolera estatal Saudi Aramco. En 2012, Shamoon destruyó datos en decenas de miles de ordenadores en tiempo récord, usando un controlador legítimo de acceso directo al disco (RawDisk) para saltarse la API de Windows. Sobrescribía archivos con partes de una imagen (primero una bandera de Estados Unidos en llamas y, en la variante de 2016, la fotografía del cuerpo de Alan Kurdi), inutilizando tanto los datos como el sistema operativo. La magnitud del ataque obligó a la empresa a reconstruir gran parte de su infraestructura TI.

Groovemonitor / Maya y Narilam: otros ejemplos destructivos orientados a borrar archivos o dañar bases de datos empresariales, especialmente en Irán. Groovemonitor se centraba en eliminar todo lo que encontraba en la unidad D en un plazo fijado, mientras que Narilam actuaba de forma más lenta y sutil sobre bases de datos financieras, buscando un sabotaje prolongado más que un impacto inmediato.

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Ciberataques de Dark Seoul (2013): esta campaña afectó a bancos y medios de comunicación en Corea del Sur. Parte de la operación incluía componentes wiper que borraban datos y dañaban el proceso de arranque, dejando fuera de servicio numerosos equipos. Se relacionó este ataque con el grupo Lazarus, presuntamente vinculado a Corea del Norte.

Destover y el ataque a Sony Pictures (2014): en el famoso hackeo a Sony, se utilizó un malware destructivo con capacidades de borrado de disco que también hacía uso de RawDisk. El componente wiper eliminaba archivos y dañaba el MBR, impidiendo el arranque de los sistemas. Además de las filtraciones de datos, el impacto operativo e imagen para la compañía fue enorme.

NotPetya (2017): disfrazado de ransomware, NotPetya fue en realidad un wiper funcional. Surgido a partir de Petya, atacaba el registro de arranque maestro y cifraba la tabla de archivos NTFS, pero su código de «recuperación» estaba deliberadamente roto, de forma que aunque la víctima pagase, la reversión de los cambios era imposible. Se propagó a través de la cadena de suministro (un software contable ucraniano, MEDoc) y llegó a empresas de todo el mundo, generando pérdidas económicas de miles de millones. Es uno de los mejores ejemplos de ciberarma con vocación de daño global.

Dustman (2019): este wiper atacó a la Compañía Nacional de Petróleo de Baréin, sobrescribiendo sistemas con datos aleatorios y destruyendo información de forma muy efectiva. Se vincula a actores patrocinados por Irán y demostró la capacidad de estos ataques para afectar a sectores críticos como el petrolero.

WhisperGate y los wipers de 2022 en Ucrania: en el contexto previo y posterior a la invasión rusa, se identificaron varias familias wiper distintas (WhisperGate, HermeticWiper, CaddyWiper, IsaacWiper, entre otras), utilizadas contra organismos gubernamentales y empresas ucranianas. En muchos casos, se combinaron con malware de espionaje y herramientas de movimiento lateral, formando campañas muy complejas tanto desde el punto de vista técnico como estratégico.

Cómo funciona un ataque wiper: fases y técnicas

Los ataques wiper suelen seguir un proceso en varias fases, comparable al de otros tipos de intrusión avanzada, pero con un objetivo final claramente destructivo. Entender estas etapas ayuda a diseñar controles de detección y respuesta más eficaces.

1. Infección inicial. El punto de partida suele ser un vector clásico: correos de phishing, descargas maliciosas o sitios web comprometidos. También se utilizan unidades USB infectadas o compromisos previos de la cadena de suministro (como ocurrió con NotPetya). El atacante engaña al usuario para ejecutar un archivo, explota una vulnerabilidad sin parchear o abusa de credenciales robadas para introducir el malware en la red.

2. Preparación y movimiento lateral. Una vez dentro, el wiper puro puede permanecer inactivo hasta que se cumpla una condición o reciba una orden, pero muchas operaciones reales combinan el componente de borrado con herramientas de reconocimiento, escalado de privilegios y desplazamiento lateral. Se recogen credenciales, se escanean equipos, se aprovechan servicios legítimos como PsExec o WMI y, en ocasiones, se explotan vulnerabilidades adicionales para propagarse.

3. Ejecución de la carga destructiva. Cuando el atacante decide activar el ataque, el wiper procede a sobrescribir archivos, corromper estructuras del sistema de archivos o dañar el MBR/MFT. En muchos casos, no se sobrescribe todo el disco para ahorrar tiempo: basta con destruir encabezados de archivos, bloques críticos o secciones del disco a intervalos para dejar el contenido irrecuperable o extremadamente difícil de reconstruir.

Algunos wipers generan patrones de escritura espaciados (por ejemplo, escribir 100 KB de datos cada pocos MB), lo que provoca daños caóticos sin un patrón simple que herramientas forenses puedan aprovechar. Otros atacan el MBR sobrescribiendo los primeros sectores del disco o instalando un cargador de arranque malicioso que ejecuta la destrucción en el siguiente reinicio, evitando parte de las protecciones del sistema operativo.

4. Evasión y destrucción de evidencias. Muchos wipers tratan de desactivar antivirus, borrar registros y eliminar copias de seguridad (por ejemplo, eliminando instantáneas o snapshots del sistema). También es frecuente que incluyan «banderas falsas», es decir, fragmentos de código o patrones típicos de otros grupos para confundir a los analistas y desviar la atribución del ataque.

5. Resultado: pérdida catastrófica de datos. Si todo sale como planeado, la víctima se encuentra con sistemas que no arrancan, archivos corruptos y bases de datos inservibles. A diferencia del ransomware convencional, aquí no suele haber debate sobre si pagar o no: los datos han desaparecido, y la única vía realista es reconstruir sistemas a partir de copias de seguridad íntegras, si existen.

Tipos de wipers según su objetivo

Aunque todos persiguen la destrucción, no todos los wipers actúan igual ni apuntan a los mismos componentes. Podemos diferenciar varias categorías según su foco principal.

Wipers de archivos. Están diseñados para eliminar o corromper archivos y carpetas específicos. Suelen trabajar sobre documentos de usuario, archivos de proyectos, informes, etc. Pueden centrarse en rutas concretas o en extensiones de archivo críticas (por ejemplo, bases de datos, documentos ofimáticos, ficheros de configuración). Aunque el sistema operativo pueda seguir arrancando, la organización queda sin información esencial para trabajar.

Wipers de disco. Su objetivo es borrar particiones o unidades completas, destruyendo todo lo que contienen. Este tipo de ataque implica que sistemas operativos, aplicaciones y datos desaparecen de golpe. La recuperación requiere reinstalar desde cero y tirar de copias de seguridad externas, con un tiempo de inactividad potencialmente muy elevado.

Wipers de MBR. El Master Boot Record es el sector del disco que indica al equipo cómo arrancar y cómo están organizadas las particiones. Cuando un wiper se dirige al MBR y lo sobrescribe o corrompe, el resultado es que la máquina no puede iniciar el sistema operativo. En muchos casos los archivos siguen físicamente en el disco, pero su acceso se vuelve complejo y suele requerir herramientas o procesos de recuperación especializados.

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Wipers de MFT y bases de datos. La Master File Table es el índice que indica dónde se ubica cada archivo en discos con NTFS. Si la MFT se destruye, los datos quedan «huérfanos». Algo similar ocurre con los wipers orientados a bases de datos, que atacan tablas, índices o registros clave, imposibilitando la operación normal de aplicaciones que dependen de información en tiempo real para la toma de decisiones.

Además de estos, existen también cargas destructivas híbridas, que combinan borrado de archivos, sabotaje de arranque, eliminación de copias de seguridad y deshabilitación de servicios, imposibilitando la restauración rápida de los sistemas afectados.

Wipers frente a ransomware: diferencias clave

Los ataques de wiper y de ransomware pueden parecer similares para la víctima: los datos dejan de estar disponibles y el negocio se detiene. Sin embargo, su filosofía y consecuencias son muy distintas.

En el ransomware tradicional, el malware cifra los archivos y muestra una nota exigiendo un pago a cambio de la clave de descifrado. Aunque no haya garantías de que el atacante cumpla su promesa, la lógica del ataque es económica: extorsionar a la víctima. En algunos casos, es posible recuperar la información con copias de seguridad, mediante herramientas de descifrado o incluso negociando con los atacantes.

En los ataques wiper, el objetivo principal es borrar o inutilizar los datos de forma irrecocable. Incluso cuando el ataque se disfraza de ransomware (como en NotPetya), el código está escrito de forma que impediría la recuperación aunque el rescate se pagara. Aquí la meta no es ganar dinero, sino causar el máximo daño posible, sabotear operaciones o eliminar pruebas de actividades previas (espionaje, intrusiones prolongadas, etc.).

Esta diferencia hace que los wipers sean especialmente peligrosos para la continuidad de negocio. Si no existen buenas copias de seguridad aisladas, la organización puede enfrentarse a un escenario en el que nunca vuelva a disponer de gran parte de su información, con todo lo que ello implica a nivel operativo, legal y reputacional.

Impacto de los ataques wiper en las organizaciones

El efecto de un ataque wiper bien ejecutado va mucho más allá de un simple susto técnico. Las consecuencias afectan a operaciones, finanzas, reputación y cumplimiento normativo, y pueden poner en peligro la supervivencia de la empresa.

Interrupción operativa. Cuando desaparecen datos de producción, aplicaciones clave o sistemas de gestión, las organizaciones se encuentran con procesos paralizados: no se pueden emitir facturas, procesar pedidos, pagar nóminas o atender a clientes. El impacto se propaga en cadena entre departamentos, ya que la dependencia de datos compartidos es cada vez mayor.

Pérdidas económicas directas e indirectas. A los costes de recuperación de sistemas, servicios de forense digital, refuerzo de infraestructuras y consultoría, se suman los ingresos no generados durante las horas o días de inactividad. En grandes corporaciones, cada minuto caído puede equivaler a pérdidas de cientos de miles de euros. En pymes, un incidente grave puede tensionar hasta el límite la tesorería.

Daño a la confianza y a la imagen. La destrucción de datos puede mermar seriamente la confianza de clientes, socios e inversores. Si se pierden datos de usuarios, historiales de servicio o información de clientes, es muy probable que haya una fuga de negocio hacia competidores percibidos como más seguros. Además, la gestión pública de la crisis (comunicación, tiempos de respuesta, transparencia) influye decisivamente en el impacto reputacional.

Riesgos legales y sanciones regulatorias. En sectores regulados y en todo lo relacionado con datos personales (RGPD y normativas similares), la destrucción de información crítica puede acarrear multas significativas y obligaciones legales. La pérdida de registros necesarios para demostrar cumplimiento o para responder a auditorías complica aún más la situación.

Viabilidad a largo plazo. En los casos más graves, un ataque wiper puede llevar a incumplimientos contractuales, pérdida masiva de clientes y daño irreversible a la marca. Hay escenarios en los que la empresa no consigue recuperarse y termina cerrando. La pérdida de propiedad intelectual, proyectos en curso o bases de datos claves puede recortar drásticamente la capacidad de competir en el futuro.

Cómo se propagan los wipers y técnicas habituales

Muchos wipers modernos integran mecanismos de autorreplicación y movimiento lateral para maximizar el daño, especialmente en redes corporativas extensas.

En campañas como Olympic Destroyer o NotPetya, el malware fue capaz de recolectar credenciales almacenadas en la memoria o en el sistema y utilizarlas para conectarse a otros equipos mediante herramientas legítimas como PsExec o WMI. Este uso de componentes estándar de administración complica su detección, porque el tráfico y los comandos se parecen mucho a una operación de TI ordinaria.

Algunos wipers incluyen también exploits de vulnerabilidades críticas que permiten ejecución remota de código si el resto de métodos de propagación falla. Por ejemplo, en ataques vinculados a BlackEnergy se sospechó del uso de fallos en software industrial (como Siemens SIMATIC WinCC) para ganar control sobre sistemas de control industrial.

Otra táctica frecuente consiste en desactivar servicios clave del sistema operativo antes o después de la fase destructiva. Aunque esto no borre datos directamente, dificulta enormemente la recuperación y puede obligar a reinstalar completamente los sistemas, prolongando el tiempo de inactividad.

Motivaciones detrás de los ataques wiper

Los wipers no suelen usarse para «hacer caja». Su lógica responde más a objetivos estratégicos, políticos o de sabotaje que a la simple obtención de beneficios rápidos.

Una motivación habitual es el sabotaje directo de operaciones: destruir datos vitales o corromper software crítico hasta el punto de que una organización no pueda continuar su actividad normal. Esto puede afectar desde empresas energéticas o financieras hasta proveedores de servicios digitales, estudios de videojuegos o compañías de telecomunicaciones.

Otra razón muy importante es la eliminación de evidencias. Tras campañas de ciberespionaje o intrusiones de larga duración, algunos grupos utilizan wipers como «último acto» para borrar registros, logs y sistemas comprometidos, dificultando la atribución, el análisis de daños y la reconstrucción de lo que ha ocurrido.

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En el plan geopolítico, los wipers se utilizan como herramientas de guerra cibernética y de demostración de poder. Destruir sistemas de un adversario, sobre todo en infraestructuras críticas, no solo causa un impacto operativo, sino que lanza un mensaje claro sobre la capacidad destructiva del atacante y puede formar parte de campañas de guerra psicológica.

Por último, aunque no es lo más común, existen casos en los que errores en ataques de ransomware acaban teniendo efectos equivalentes a un wiper: un cifrado mal implementado, sin posibilidad real de descifrado, deja los datos irrecuperables aunque el objetivo inicial fuera la extorsión.

Señales de alerta y detección temprana

Aunque muchos wipers se diseñan para pasar desapercibidos hasta el momento de la detonación, existen algunos indicadores tempranos de posible actividad maliciosa que conviene vigilar.

Entre las señales a monitorizar destacan cambios sospechosos en archivos (modificaciones masivas en periodos muy cortos, renombrados extraños), ralentizaciones notables del sistema sin explicación clara y accesos no autorizados o intentos de autenticación fallidos desde ubicaciones inusuales.

Las organizaciones que utilizan herramientas de monitorización continua, EDR, IDS/IPS y soluciones de análisis de comportamiento pueden detectar patrones anómalos en el tráfico de red, en la ejecución de procesos o en las operaciones sobre el sistema de archivos. La correlación de eventos en tiempo real y el uso de inteligencia de amenazas actualizada son claves para saltar la alarma antes de que el wiper complete su trabajo.

En cualquier caso, la detección no sirve de mucho sin un plan de respuesta a incidentes bien definido. Ante la sospecha fundada de un ataque de borrado, el primer paso suele ser aislar los sistemas afectados, desconectándolos de la red para evitar la propagación, y, a partir de ahí, iniciar análisis forense y procedimientos de contención.

Buenas prácticas para prevenir y mitigar ataques wiper

Reducir el riesgo de sufrir un ataque wiper devastador requiere un enfoque por capas que combine tecnología, procesos y formación. No existe una bala de plata, pero sí un conjunto de medidas que, en conjunto, elevan mucho la resiliencia.

Copias de seguridad robustas y aisladas. Es probablemente la medida más crítica. Las organizaciones deben mantener copias de seguridad periódicas de todos los datos esenciales, almacenados en ubicaciones seguras, preferiblemente desconectadas de la red principal (copias offline o en entornos muy segmentados). Estas copias deben probarse regularmente para verificar que se pueden restaurar con éxito.

Gestión de parches basada en riesgos. Mantener sistemas y software actualizados cierra muchas puertas de entrada habituales. Es importante priorizar el parcheo de vulnerabilidades críticas explotadas activamente, equilibrando el riesgo de explotación con el posible impacto operativo de aplicar actualizaciones.

Formación y concienciación de empleados. Una gran parte de las infecciones iniciales sigue entrando por phishing, descargas dudosas o errores de usuario. Programas de concienciación periódicos, ejercicios de simulación y políticas claras sobre el uso de dispositivos externos ayudan a reducir drásticamente la superficie de ataque.

Seguridad del correo y de la navegación. Las soluciones especializadas de seguridad de correo electrónico (filtros antispam, análisis de adjuntos y URLs) y los mecanismos de filtrado web pueden bloquear muchos intentos de entrega de wipers y otro malware antes de que lleguen al usuario final. También conviene revisar el uso de macros de Office en entornos que manejan documentos externos.

Protección avanzada en endpoints y red. Las tecnologías EDR (detección y respuesta en endpoints), el sandboxing para analizar archivos sospechosos y los sistemas IDS/IPS en red permiten detectar y bloquear comportamientos maliciosos incluso si el malware consigue saltarse las defensas más básicas. El uso de soluciones capaces de analizar tráfico cifrado en busca de patrones de malware también resulta muy útil.

Seguridad de cuentas y privilegios. Los atacantes suelen buscar credenciales privilegiadas para propagarse y ejecutar sus cargas destructivas. Implementar autenticación multifactor (MFA), principios de mínimo privilegio y un control estricto de cuentas administrativas reduce muchísimo su margen de maniobra.

Segmentación de redes y segregación de usuarios. Dividir la red en segmentos bien controlados dificulta que un wiper se extienda de forma indiscriminada. Además, conviene limitar quién puede iniciar sesión en qué sistemas y reservar las credenciales privilegiadas para estaciones de trabajo administrativas aisladas, evitando su uso cotidiano en equipos de usuario o servidores estándar.

Plan de respuesta a incidentes (CSIRP). Todas estas medidas deben integrarse en un plan formal de respuesta a incidentes que defina claramente roles, responsabilidades y procedimientos ante un ataque destructivo. Este plan debe incluir al área técnica, legal, comunicación y dirección, y ser probado y revisado periódicamente. Contar con recursos especializados para gestionar una crisis informática es clave en la fase postincidente.

Tras sufrir un ataque wiper, las mejores prácticas incluyen el aislamiento inmediato de los sistemas afectados, la recuperación de datos desde copias de seguridad íntegras, la realización de un análisis forense exhaustivo, una comunicación transparente con las partes interesadas y la revisión profunda de los planes y controles de seguridad para incorporar las lecciones aprendidas.

En última instancia, los wipers representan una de las formas más extremas de ciberdelito y ciberconflicto. Aunque su frecuencia sea menor que la del ransomware o el phishing masivo, su capacidad para hacer desaparecer por completo la memoria digital de una organización obliga a tomar en serio su amenaza. Prepararse con antelación, invertir en resiliencia y mantener una cultura de seguridad sólida marca la diferencia entre un incidente grave pero superable y un golpe capaz de poner en jaque el futuro de toda una empresa.

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